17th September 2026
A dialogue with Majid Alam
by Ivan Olmos

Majid Alam:

Fuera de carta: todo lo que cabe en una mesa

Es probable que alguno de sus restaurantes figure entre tus favoritos de Google Maps. The Fish and Chips Shop, Baby Jalebi o Achaar se han ido extendiendo por el mapa de Barcelona hasta construir un pequeño universo gastronómico que comparte autores, pero no apariencia.

Detrás están los hermanos Majid y Mani Alam. Nacidos en Lahore y criados en el Raval de los noventa, han hecho de sus raíces un lugar al que volver sin quedarse anclados en él. Sus recuerdos aparecen en sabores y recetas, pero también se transforman al entrar en contacto con la ciudad en la que crecieron y con una mirada donde comida, diseño, música, vino y hospitalidad forman parte de la misma experiencia.

Sin grandes estudios de mercado y con la intuición como brújula, cada nuevo proyecto suele empezar con una pregunta sencilla: "¿qué echamos de menos?". Hablamos con Majid sobre todo lo que ocurre antes, durante y después de sentarse a la mesa.

Llegasteis a Barcelona siendo adolescentes y crecisteis en el Raval de los noventa. ¿Cómo recuerdas aquel contraste?

Crecimos en un barrio donde convivían muchísimas culturas diferentes: en pocos metros podías pasar de una tienda pakistaní a un bar de toda la vida o a una carnicería marroquí. Recuerdo adaptarme con facilidad. Estudié secundaria en el Raval y más tarde trabajamos en el restaurante de nuestros tíos para ganar unas pesetas. Por allí pasaban artistas, actores, profesores... Creo que allí aprendimos que la hospitalidad no depende del lujo, sino de hacer que alguien se sienta bien recibido. Eso sigue siendo la base de nuestros restaurantes.

Antes de saltar a la gastronomía estudiaste fotografía. ¿Qué te llevó hasta ella y qué permanece de aquella mirada en tu forma de crear un plato, imaginar un espacio o construir un restaurante?

Siempre me ha interesado el arte: dibujar, pintar, la escultura, el interiorismo, las proporciones, los pequeños detalles. Incluso en el restaurante de mi tío empecé a crear platos con los productos que ya teníamos, diseñar la carta, decorar el local... Esa mirada sigue presente. Cuando doy forma a un restaurante, pienso más allá de la carta: imagino cómo se va a mover la gente, qué verá al entrar, con qué sensación se marchará. Lo construyo casi como una fotografía, de modo que todo lo que aparece dentro del encuadre debe responder a un porqué.

The Fish and Chips Shop nació, en cierto modo, de detectar algo que echabais de menos en Barcelona: un buen fish and chips. Desde entonces habéis construido nueve marcas muy distintas entre sí. ¿Seguís empezando los proyectos desde esa misma intuición, preguntándoos qué os gustaría encontrar y todavía no existe?

Casi siempre. No hacemos grandes estudios de mercado, preferimos preguntarnos qué nos gustaría, qué echamos de menos en Barcelona o qué podría hacerse de una manera más actual. The Fish and Chips Shop nació precisamente porque no encontrábamos uno que nos convenciera. La intuición es importante, pero la idea también tiene que ser clara: si necesitas veinte minutos para explicar un concepto, seguramente aún no está bien resuelto.

 Cuando imagináis un concepto para un restaurante, ¿por dónde empieza su identidad? ¿En qué momento entra el diseño en ese proceso y qué importancia tiene para vosotros?

Normalmente empieza con una idea muy sencilla: qué queremos cocinar y cómo queremos que se sienta la gente. A partir de ahí aparecen el nombre, el espacio, la gráfica y la manera de comunicar. El diseño está desde el primer momento; no lo entendemos como una capa que se añade al final para que el restaurante sea bonito, sino que tiene que estar conectado con la comida, el precio y el tipo de servicio, desde el logo hasta la vajilla.

“Cuando doy forma a un restaurante, pienso más allá de la carta: imagino cómo se va a mover la gente, qué verá al entrar, con qué sensación se marchará. Lo construyo casi como una fotografía, de modo que todo lo que aparece dentro del encuadre debe responder a un porqué.”
Majid Alam

De Baby Jalebi a Achaar o Bien Kebab, muchos de vuestros proyectos recuperan sabores vinculados a vuestra herencia y los trasladan a la Barcelona contemporánea. ¿Cómo se trabaja desde los recuerdos propios sin caer en la nostalgia ni en una idea demasiado literal de tradición?

Partimos de recuerdos reales, pero no intentamos reconstruir literalmente el pasado. Cocinamos desde lo que somos ahora: dos hermanos nacidos en Pakistán y criados en Barcelona. Respetamos los sabores, pero nos permitimos cambiar el formato o presentarlos de otra manera. La tradición tiene que evolucionar para seguir viva. No queremos hacer una representación folclórica de Pakistán; queremos mostrar cómo vivimos hoy nuestra identidad pakistaní, catalana y barcelonesa.

Vuestros restaurantes conectan especialmente bien con una generación que parece buscar algo distinto al restaurante tradicional: propuestas más informales, identidades muy cuidadas, producto honesto y una relación diferente con el vino. ¿Está cambiando nuestra manera de entender qué hace que un restaurante sea “bueno”?

Antes parecía que un buen restaurante tenía que ser formal, caro y seguir unos códigos muy concretos. Hoy puedes comer increíblemente bien sentado en un taburete y bebiendo un vino natural, sin manteles ni ceremonias. Eso no significa que haya menos rigor detrás. Creo que ahora valoramos cada vez más comer bien, sentirnos cómodos y encontrar sitios con personalidad.

El vino natural se ha convertido en una presencia recurrente en varios de vuestros proyectos, hasta el punto de elaborar vuestros propios vinos junto a pequeños productores. ¿Cómo marida esta manera de hacer vino con vuestro concepto de restauración?

Nos interesan los vinos con personalidad, elaborados por pequeños productores y con una historia detrás. Tampoco queremos que el vino sea algo distante o reservado para expertos, sino que acompañe la comida de una manera más relajada. Crear nuestros propios vinos Alam fue una manera de acercarnos todavía más a ese mundo y de construir algo junto a productores con los que compartimos esos valores.

En poco más de diez años habéis pasado de abrir vuestro primer local a gestionar 22 restaurantes. ¿Cómo se protege la espontaneidad y la personalidad de un proyecto cuando empieza a crecer y corre el riesgo de convertirse en una fórmula?

Intentamos no hacer por hacer. Nos gusta seguir de cerca los restaurantes, escuchar a los equipos y continuar haciendo cambios. Tampoco queremos que todos nuestros locales se parezcan: preferimos que cada marca tenga su propia personalidad, aunque eso complique la gestión.

¿Qué te han enseñado los restaurantes que no han funcionado que difícilmente habrías aprendido de los que sí?

Son los que más te obligan a dejar el ego a un lado. Durango, por ejemplo, nos hizo entender que nos sentimos más cómodos con conceptos sencillos, directos y fáciles de comprender. Preferimos morir con nuestra filosofía ofreciendo buen producto antes que ofrecer porquería y seguir vivos. También hemos aprendido que una buena cocina no es suficiente. El momento, la ubicación, el precio, el equipo y la claridad del concepto tienen que estar alineados.

Soñando despierto: un proyecto para el futuro.

Me encantaría crear un gran espacio social alrededor de la comida, donde pudieran convivir distintos conceptos, música, arte y entretenimiento. Algo a medio camino entre un restaurante, un club y un punto de encuentro para la ciudad.

Snap:

Pakistán en tres palabras...

Origen, valentía y emprendimiento

Qué no falta nunca en tu nevera:

Salsa sriracha

Una canción para el último servicio:

“Ce matin-là”, de Air

¿Cómo titularías esta entrevista?

“Cocinar desde muchos lugares”

Nobles i Guillotines,

Codorniu
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17th June 2026
A dialogue with Cristina Tomàs (TNC)
by Ivan Olmos

Cristina Tomàs:

Capturar la vida que se escurre

Hay quien entra en una habitación y ve una habitación, y hay quien intuye una fotografía, una secuencia o una luz que apenas dura unos instantes. Cristina Tomàs es de las segundas: se desliza por el paso del tiempo mientras retiene la belleza que la rodea a golpe de clic y de rec. Desde su primera cámara, con apenas diez años, la directora y fotógrafa ha entrenado la mirada: primero entre escenas domésticas y videoclubs; después, entre rodajes, teatros, documentales y videoclips. Pero más allá de la técnica o el oficio, es el impulso de congelar aquello que sucede antes de que se desvanezca lo que hace latir su trabajo.

En esta conversación hablamos con ella sobre cómo convivir con el peso de la nostalgia, el recuerdo de los años que pasó en Los Ángeles y el superpoder de encontrar magia en la luz de una escena cotidiana.

Tu primera cámara llegó cuando tenías unos diez años. ¿Recuerdas qué fotografiabas antes de saber que aquello podía convertirse en una profesión?

Recuerdo muy bien una excursión a La Pedrera. Debía de estar en sexto de primaria, tendría unos diez años. Hice muchas fotos y, cuando las revelamos y las enseñamos, había un par que todo el mundo decía que eran muy bonitas. Me atrapó la sensación de haber hecho algo que gustaba a la gente. Desde aquel día, te juro que hay una parte de mí que quiere hacer cosas para que la gente las mire y piense que son lindas.

La mirada del otro o cierto culto a la belleza: ¿qué te empuja a hacer clic?

Ambas. Me engañaría si te dijera lo contrario. Por mucho que me guste una imagen, cuando también le gusta a alguien más, añade algo. Es horrible decirlo, ¿quizá haya un punto de ego? Cuando viajo por el mundo, me fijo constantemente en lo que tengo alrededor: la luz, la gente, los gestos... Tengo millones de fotos y vídeos que no he publicado ni publicaré nunca, pero que reviso de vez en cuando para buscar inspiración.

Te interesaban especialmente los behind the scenes. ¿Qué te atraía de ellos?

Entender cómo se construían, 100%. Incluso hoy, cuando veo una serie o una película, me cuesta entrar del todo porque estoy pendiente de cómo han logrado cada escena. Con la ciencia ficción, por ejemplo, me pasa mucho: veo a gente adulta actuando y hablando de planetas inexistentes y desconecto. De pequeña me generaba una curiosidad enorme saber cómo se hacían esas cosas. Cuando iba a Blockbuster a buscar DVDs, pasaba más tiempo viendo los contenidos extra que la propia película.

¿Lo echas de menos?

Mucho. Ahora hay reportajes en YouTube y otros formatos, pero no es lo mismo. Antes estaban las escenas eliminadas, los comentarios, los making ofs... Podías pasarte horas. Como exjugadora de baloncesto, recuerdo especialmente los behind the scenes de “Space Jam”.

“Soy muy observadora, me gusta escuchar esa intuición y saber que tengo una cámara cerca para capturar lo que está pasando. Incluso conduciendo, a veces digo en voz alta: “Aquí hay una foto”.
Cristina Tomàs

Empezaste haciendo fotografía y, con el tiempo, el vídeo fue ganando espacio en tu práctica. ¿Qué te sigue fascinando de la imagen en movimiento que no encuentras en una fotografía?

Para mí, el vídeo es la combinación perfecta entre música e imagen en movimiento. Deja menos espacio a la imaginación; te lo da todo más... mascado, de alguna manera. Cuando reviso vídeos de cuando era pequeña, a diferencia de las fotografías (que me sé de memoria), es como darle al play a una imagen. Puedo volver a escuchar la voz de mi abuelo o de mi abuela, y conecto mucho más. Con la fotografía me pasa algo distinto: me parece mágico poder capturar un instante que acabará convirtiéndose en el recuerdo que conservarás para siempre. A veces salgo a la calle a hacer fotos y me fascina atrapar ese momento único en el que dos personas se cruzan y, probablemente, no volverán a verse nunca más. Siempre digo que grabo muchos vídeos de mi vida personal porque, cuando tenga cien años, tendré mi Netflix particular. Eso es lo que haré: verlo y comer.

A menudo se habla de la cámara como un medio para observar. En tu caso, ¿también es una forma de estar presente en el mundo?

La cojo bastante, sobre todo en mi vida personal. Creo que hago muchas fotos y vídeos por nostalgia. A veces me pasa que estoy viviendo un momento bonito y, al mismo tiempo, me entristece pensar que no volverá a repetirse, por mucho que lo haya capturado y pueda revisitarlo después.

Pasaste varios años viajando a Los Ángeles y trabajando con Joseph Llanes. ¿Cuál fue la lección más importante que te llevaste de aquella experiencia?

Me impresionaba ver que la gente no se planteaba si podía o no hacer algo: simplemente lo intentaban porque creían en ello, sin preocuparse demasiado por el qué dirían. Me llevé conmigo esa ambición. También aprendí cosas que no querría para mí: son muy workaholics y no tienen ni idea de cómo disfrutar de la vida. Eso los convierte en genios y, al mismo tiempo, en sus propios verdugos. Cuando era pequeña quería vivir en Estados Unidos y ahora que soy mayor pienso: “Aquí se vive muy bien”.

Muchas de tus piezas transmiten una sensación de naturalidad muy marcada. ¿Qué hay detrás de esa espontaneidad aparente?

Es algo que me sale de forma natural, aunque con los años he aprendido a dominarlo un poco. Soy muy observadora, me gusta escuchar esa intuición y saber que tengo una cámara cerca para capturar lo que está pasando. Incluso conduciendo, a veces digo en voz alta: “Aquí hay una foto”. Trabajando no soy demasiado técnica. Cuando hago de fotógrafa, siempre dejo claro que, si veo una imagen, no podemos parar un rodaje diez minutos para cambiar una luz, porque quizá aquello que quería capturar ya no esté. Necesito fluir y sentir la escena.

Colaboras habitualmente con Atipus en proyectos vinculados al Teatre Nacional de Catalunya. ¿Qué hace que una relación entre agencia y profesional funcione de verdad?

Creen mucho en lo que haces y te defienden frente al cliente. Son auténticos cheerleaders. Para mí, esa confianza mutua es clave.

Tu trabajo consiste, en parte, en observar a los demás. ¿Qué has aprendido sobre las personas después de tantos años detrás de la cámara?

Que la cámara activa una personalidad. Incluso quien se siente cómodo cuando le enfocan y está muy pendiente de cómo se coloca también está mostrando cierta vulnerabilidad. Me parece bonito observarlo, y también ver cómo se relaja la expresión cuando decimos: “¡Corten!”

¿Hay alguna imagen que aún no hayas hecho y que sigas persiguiendo?

No es una imagen concreta. Lo que sigo persiguiendo es generar en alguien la misma sensación que despiertan en mí algunos de mis referentes.

Vivimos rodeados de imágenes, vídeos y estímulos constantes. ¿Qué es lo que todavía consigue detenerte y captar tu atención?

La luz. Hace poco me mudé y ahora estoy descubriendo cómo entra en mi cocina.

Mirando al futuro, ¿hacia dónde te gustaría llevar el relato de Viefe?

Potenciar ese relato cultural, que todavía no tenemos del todo arraigado. Es una transformación que estamos haciendo poco a poco, intentando no romper nada de lo que ya somos. A través del producto, explicar la historia de nuestro territorio y de nuestra cultura. Me gustaría que, dentro de unos años, eso fuera lo que realmente explicamos como marca.

Snap:

Estados Unidos en una palabra...

Agridulce

Tu ritual cuando haces foto o vídeo:

Darle al rec y dejarme unos segundos de margen

Del 1 al 10, ¿cuán culé eres?

20

¿Cómo titularías esta entrevista?

“Sorprendente y con un poco de miedo por lo que pueda decir”

TNC 25/26,

Teatre Nacional de Catalunya
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23rd April 2026
A dialogue with Jordi Roy (Viefe)
by Ivan Olmos

Jordi Roy:

Hacerse cómoda la incomodidad

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Para Jordi Roy, creatividad y espíritu resolutivo siempre han ido de la mano, partes indisociables de su ADN. Ya desde pequeño le asaltó una necesidad casi imperante de hacer las cosas por sí mismo. Con los años, este impulso lo ha llevado a moverse por diferentes disciplinas —del diseño y el audiovisual a la programación y la música—. Hoy, todas estas experiencias cristalizan en Viefe, una empresa catalana especializada en accesorios de diseño para mobiliario. Como director de marketing, trabaja en la transformación de una marca arraigada en el Mediterráneo y, al mismo tiempo, abierta al mundo.

Deportista aficionado y devoto de la naturaleza, en esta conversación reivindica la incomodidad como motor, la confianza como base de los equipos y el diseño de producto como vehículo cultural.

Desde muy pequeño te ha acompañado la voluntad de hacer, entender y resolver por ti mismo. ¿Cómo nació ese espíritu y cómo ha evolucionado en un contexto cada vez más colaborativo?

Tengo muy presente la imagen de mi madre y yo intentando siempre hacerlo todo por mi cuenta. Desde pequeño necesitaba sentirme libre y autónomo, incluso en las tareas más cotidianas: si tenía que planchar o cocinar, debía aprender. No era tanto una cuestión de curiosidad como de necesidad de independencia.

Una pulsión.

Mi madre, en ese momento, no trabajaba y creo que, viendo que yo era bastante exigente, también me incentivó a hacerlo. Con el tiempo me he dado cuenta de que esta “manía” de autonomía me ha acompañado siempre y que, a veces, incluso me ha jugado en contra: hay momentos en los que hay que saber pedir ayuda. Lo llevo dentro. Aprendo más desde la prueba y error que desde cualquier formación, que a menudo se me ha hecho bastante aburrida.

Hablas de la creatividad como una “herramienta para resolver problemas”. ¿En qué momento deja de ser intuitiva y se vuelve estratégica dentro del marketing?

Antes de formar parte de un equipo de marketing, con 22 o 23 años, ya me di cuenta de que lo que llamamos “creatividad” sirve, sobre todo, para dar soluciones originales a problemas cotidianos. En cuanto empecé a estudiar Comunicación, vi que formaba parte de mí y, más adelante, que era la base de mis propuestas cuando algún compañero me planteaba un problema.

Diseño, audiovisual, programación, datos: has pasado por diferentes disciplinas antes de llegar a la dirección de marketing. ¿Cómo convergen hoy todas esas capas en tu manera de liderar?

Me encanta que haya sido así, haber pasado por diferentes ámbitos, porque cuando llegas a una posición de liderazgo estás mucho más tranquilo: conoces la técnica, los procesos y sabes cómo ayudar a tu equipo. Todo esto nace de una parte muy creativa y de acción que, con el tiempo, se transforma en una mirada más directiva.

“Tienes que tener proyectos que te hagan sentir incómodo. Es la forma de avanzar. Esa inquietud te genera estrés, pero es lo que te mueve.”
Jordi Roy-Viefe

En Viefe, el diseño es forma, pero también negocio. ¿Cómo se construye una marca que quiere inspirar a una comunidad creativa desde un producto tan concreto como los accesorios para mobiliario?

No sé exactamente cómo se hace, es lo que estamos intentando. Pero si tienes interés por el diseño en global, ya tienes una motivación muy grande para inspirar desde esa posición. Para nosotros es importante dar sentido a todo lo que hacemos: no hacer un producto o elegir unos colores porque sí, sino explicar qué hay detrás. Eso es lo que intentamos transmitir a través de nuestros canales y de la comunidad.

Defiendes que las marcas tienen la responsabilidad de contar historias. ¿Cuál es la de Viefe?

Creo que tenemos una manera de hacer muy propia de esta área geográfica. En Viefe somos muy detallistas y queremos que la gente con nosotros se sienta bien; cuando conectamos con diseñadores, clientes o interioristas, se genera esa atmósfera de proximidad. Eso es el Mediterráneo: una forma de hacer más abierta, con luz, con materiales nobles y honestos. Y es desde ahí desde donde queremos explicarnos. Utilizar esa identidad cultural para acercarnos más al mercado y a la comunidad, sin miedo.

¿Cómo se traduce la obsesión por el detalle en decisiones estratégicas de comunicación?

Trabajar con un producto pequeño, como el pomo de un mueble de cocina o la manilla de una puerta, te lleva inevitablemente al detalle. Eso, en nuestro caso, ya forma parte de la cultura de Viefe: venimos de hacer botones, que son todavía más pequeños. Todos estos gestos están concentrados en una superficie muy reducida. El reto es combinar esa mirada tan precisa con una visión más abierta. Es fácil quedarse en el detalle, pero hay que levantar la cabeza. Mantener ese equilibrio es clave.

“Me siento cómodo dentro de la incomodidad de los problemas”. ¿En qué sentido lo has convertido en una fortaleza? ¿Qué has aprendido de los proyectos que no han acabado de encajar?

Tienes que tener proyectos que te hagan sentir incómodo. Es la forma de avanzar. Esa inquietud te genera estrés, pero es lo que te mueve. Si cada día te sientes cómodo haciendo tareas que no te suponen ningún esfuerzo, no avanzas. En cambio, esos proyectos que te sacan de la zona de confort te obligan a pensar más allá y te abren a nuevas personas, problemas y maneras de hacer.

¿Es sostenible esa búsqueda incansable de la incomodidad?

Supongo que no, pero ya lo frenaré.

El proyecto del catálogo de novedades 2026 con Atipus se aleja del formato tradicional para acercarse a una publicación más editorial. ¿Qué buscabais cambiar y por qué?

Veníamos de una marca muy centrada en producto y B2B, y estábamos en un momento de transición hacia una marca que también quiere inspirar. Necesitábamos hacerlo visible. Al principio, el catálogo seguía un formato más estándar, pero no lográbamos conectar con lo que queríamos explicar. Fue entonces cuando decidimos arriesgar y apostar por un formato más editorial. Con Atipus trabajamos ese híbrido entre revista y catálogo, que nos permitía construir un discurso más narrativo, vinculado al diseño, al territorio y a nuestra historia. Fue un proyecto incómodo, con poco tiempo y sin referentes previos, pero era lo que el momento nos pedía.

¿Qué hace que la relación entre cliente y agencia funcione realmente? ¿Dónde está el equilibrio entre exigencia, confianza y visión compartida?

Creo que todo empieza por conocer a las personas que hay detrás del proyecto. No te puede dar miedo ser exigente si al otro lado tienes a alguien que también lo es y que quiere el mejor resultado. La clave es poder hablar con honestidad y decir las cosas como son.

Hablas a menudo de libertad e independencia, también aplicada a los equipos. ¿Cómo se construyen entornos de trabajo que fomenten esa autonomía sin perder la alineación?

Primero, dando confianza. Si tienes claros los objetivos, da igual cómo el equipo llegue a ellos: cada uno tiene sus mecanismos y su manera de trabajar. Por eso apostamos por la flexibilidad, también con el teletrabajo. Eso genera comodidad y conciliación. Y después, evitar el “micromanagement”: definir bien qué queremos conseguir y dejar que cada uno encuentre su camino. Cuando das esa libertad, recibes implicación.

Mirando al futuro, ¿hacia dónde te gustaría llevar el relato de Viefe?

Potenciar ese relato cultural, que todavía no tenemos del todo arraigado. Es una transformación que estamos haciendo poco a poco, intentando no romper nada de lo que ya somos. A través del producto, explicar la historia de nuestro territorio y de nuestra cultura. Me gustaría que, dentro de unos años, eso fuera lo que realmente explicamos como marca.

Snap:

Tu lugar en el mundo para reconectar:

La cima del Costabona

El invento que te habría gustado crear:

Aún no lo conozco, pero seguro que no el scroll infinito

Un deporte que nunca practicarías:

Boxeo

¿Cómo titularías esta entrevista?

“La incomodidad cómoda”

Studio PEZ,

Studio Pez
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23rd April 2026
A dialogue with Sarah Bienzobas (MITES)
by Ivan Olmos

Sarah Bienzobas:

Del pueblo, con el pueblo, para el pueblo

La trayectoria de Sarah Bienzobas no responde a una vocación temprana ni a un plan académico establecido. Se ha construido en movimiento, atravesando espacios distintos pero conectados por un mismo hilo: estar donde las decisiones afectan a la gente. De los centros sociales de barrio a la génesis de Podemos, del Ayuntamiento de Madrid al Ministerio de Trabajo y Economía Social, su recorrido combina militancia, gestión pública y comunicación institucional.

Antes de mediar entre agencias y administración, aprendió a hacerlo entre vecinos y despachos. Esa experiencia —más práctica que teórica— ha marcado su manera de entender el diseño no como ornamento, sino como herramienta para hacer legible lo público y generar identificación en un momento en que lo institucional oscila entre la prudencia y la inercia burocrática.

Con ella hablamos de comunidad, de cómo sostener una idea dentro de estructuras rígidas y del margen real que todavía tienen las instituciones para reconectar con una ciudadanía en plena deriva.

No encontraste una vocación clara, pero sí un lugar donde estar. ¿Cuándo intuiste que tu trayectoria no iba a pasar por una carrera lineal, sino por aprender haciendo?

Llegué a la carrera y no me vi cinco años ahí. Mientras tanto hacía un montón de cosas que me iban dando conocimientos que, a su vez, me abrían puertas laborales o pequeñas colaboraciones. Me empecé a enganchar a eso. Con las carreras siempre me pasaba lo mismo: me apasionaba una parte y la otra me horrorizaba. En Sociología disfrutaba muchísimo, pero luego estaban Estadística o Economía, que no había manera de sacar adelante. Tenía un expediente de notables y matrículas de honor mezclados con suspensos imposibles. Al final entendí que necesitaba elegir cosas que me gustaran más y fueran más concentradas en el tiempo para dedicarme de lleno a lo que sí me interesaba.

Tu formación ocurre tanto en aulas como en centros sociales. ¿Qué te enseñó la militancia que ninguna institución académica podía darte?

La gente. Soy un monstruo social. Mi familia es muy pequeña: soy hija única, sobrina única, nieta única. He tenido que construirme una familia fuera, y eso lo he hecho a través de amigos y también del trabajo. La militancia me enseñó a hacer comunidad, a convivir en equipo más que a “trabajar” en equipo. Aprendí a hablar en público, a contar un proyecto comunitario de forma que interesara, a charlar con todo tipo de personas. He tenido que explicar un realojo a vecinos que iban a ser desahuciados y, al mismo tiempo, sentarme con la administración para negociar ese realojo. Esa capacidad de traducir y de moverme entre mundos distintos la aplico constantemente en lo profesional.

¿Se está resignificando lo comunitario en la era digital?

Ahora cuesta más movilizar, se nota que ha habido años de desconexión. Antes convocabas una reunión en el polideportivo del barrio y venía un montón de gente; ahora arrancar está tomando más esfuerzos. La implicación está más parcelada: los mayores se preocupan de las pensiones, los jóvenes de la vivienda, los sanitarios de la salud pública… Me surge la duda de si es generacional o si bien se ha perdido aquella explosión del delegar. Curiosamente, todo lo que ocurre fuera de las pantallas, como el puerta a puerta, funciona mejor que nunca. La gente agradece que alguien se plante delante de su casa y escuche.

Autogestión, partidos políticos, ayuntamiento, ministerio: has trabajado en contextos muy distintos. ¿Qué permanece cuando todo lo demás cambia?

Quizá es conservador decirlo así: la comunidad. No la familia de sangre, sino la que eliges. Tengo un grupo de amigos desde los doce años (algunos incluso desde los tres) y seguimos viéndonos, hacemos dos viajes al año y mantenemos una cotidianidad. Cuando estuve completamente absorbida por el trabajo, durante los primeros años de Podemos, me di cuenta de algo: podía pasar todo y, al volver, era como si los hubiera visto ayer.

“Si te soy sincera, lo mejor que puede pasarle a una campaña es que genere un titular. Bueno o malo. Si genera conversación, existe.”
Sarah Bienzaobas-MITES

Viviste procesos creativos con muy pocos recursos y mucha urgencia. ¿Qué te enseñó esa etapa sobre el valor real del diseño?

Vivirlo casi desde cero fue un privilegio. Éramos tan vírgenes en términos de comunicación que nos atrevíamos a todo. Si funcionaba, seguías tirando del hilo; si no, probabas otra cosa. Parte de la frescura de aquella etapa tuvo que ver con eso, con no tener miedo. Luego la prudencia excesiva. Ahí se pierden oportunidades. Las chapas de “Perra Sanxe”, por ejemplo: alguien decidió hacerlo. Si no funcionaba, eran 3.000 chapas en un cajón. Pero funcionó.

La publicidad institucional suele moverse entre el miedo y la corrección. ¿Cómo se defiende una idea arriesgada dentro de una estructura pública? ¿Por qué es crucial ser perseverante?

Es complicado porque la administración pública no está pensada para trabajar con diseño. No es una cuestión de mala voluntad funcionarial; es que la contratación pública no tiene un hueco claro para esto. Hay que generarlo usando los mecanismos que existen: acuerdos marco, contratos específicos… siempre con garantías jurídicas. Hay reticencia a trabajar con agencias de comunicación. Normalmente marca más la línea la autoridad jerárquica que la competente. Y ahí mi papel es traducir: convencer a la administración de que confíe en la agencia y explicar a la agencia los límites reales de la administración. El idioma del diseño le cuesta mucho a lo público. Mi trabajo es mediar y contener expectativas.

En campañas recientes has apostado por propuestas poco evidentes, incluso incómodas. ¿Qué te hace confiar en una idea cuando no es la opción más fácil?

Viví una etapa en el Ayuntamiento en la que vi lo que el diseño podía hacer de verdad. Después de eso, cuesta conformarse. Siempre puedes hacer menos, pero si tienes margen para hacer una campaña con luz y con relato, ¿por qué no hacerlo? Ahora estoy trabajando, por ejemplo, el 1 de mayo, que nunca se había comunicado desde el Ministerio. Me gustaría que este mandato construyera un relato propio alrededor de esa fecha. Creo que lo que funciona es salir ligeramente de lo que la gente espera. Y, si te soy sincera, lo mejor que puede pasarle a una campaña es que genere un titular. Bueno o malo. Si genera conversación, existe.

En tu trabajo colaboras estrechamente con estudios creativos externos. ¿Qué buscas en una colaboración para que funcione de verdad?

Parte de mi trabajo es rastrear agencias. Tengo una pequeña base de datos a la que acudir según el encargo. Busco especialización y profesionalización, algo que la administración no siempre ha cuidado. También intento fijar un método: se presentan varias ideas, se elige una y se avanza sin volver atrás. En diseño no puedes trabajar como si fuera un informe administrativo. 

En campañas como Falsos autónomos o Inspección de Trabajo, el riesgo no estaba solo en el mensaje, sino en la forma. ¿Qué papel juega la confianza mutua en ese tipo de procesos? ¿Cómo ha sido trabajar con Atipus?

Conocía a Atipus del Ayuntamiento. Ya entonces veía cómo trabajaban. Fueron campañas que necesitaban un concepto sólido, no solo una imagen. En la administración muchas veces se piensa en “dibujitos”. Aquí lo tipográfico era clave: era supervisual, leías el banner casi sin querer si das con él hojeando el periódico. Mi papel fue facilitar la relación, porque no siempre hay experiencia trabajando con agencias. Traducir, acompañar, dar confianza. Trabajar con Atipus ha sido una garantía. Nos hemos entendido muy bien. Es una relación generosa.

¿Qué hemos entendido mal sobre la comunicación institucional hoy?

No se le puede achacar a la sociedad. La institución debe tener vocación de servicio público y vocación de contarlo. En un ayuntamiento es más fácil: puedes construir un relato de ciudad. Cuando eso ocurre, la ciudadanía se identifica, incluso siente pertenencia. A nivel estatal es más complejo construir un relato de país, pero sí puedes generar identificación con el servicio público. Eso no pasa solo por invertir más dinero, sino por revisar contratación, concursos, acuerdos marco y por valorar de verdad el diseño como herramienta de implicación.

Deriva o reacción: ¿qué margen real tienen hoy las instituciones para reconectar con una ciudadanía desencantada?

Todo. Si con la misma ley de contratación en 2015 se pudo hacer lo que se hizo, hoy también se puede. El problema es que no puede depender solo de la voluntad política de un mandato. Hace falta profesionalizar y consolidar equipos especializados en publicidad y diseño dentro de la institución. Si no, cada cambio de gobierno lo resetea todo.

Snap:

Un propósito para 2026:

Virgencita, virgencita, que me quede como estoy

¿Madrugar o trasnochar?

Trasnochar

Lo que más y lo que menos te gusta de Madrid:

Su gente y que sea un laboratorio del PP

¿Cómo titularías esta entrevista?

“Una mañana mejor que cualquier otra”

Spain’s Labor and Social Security Inspectorate,

MITESS
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17th December 2025
A dialogue with Mario Eskenazi
by Fabiola Ureña

Mario Eskenazi:

Una vida de diseño

Hay trayectorias que no necesitan presentación porque han construido el paisaje visual de una ciudad y de las varias generaciones que la han transitado. La de Mario Eskenazi es una de ellas. Desde su llegada a Barcelona a principios de los setenta, su forma de entender el diseño —austera, precisa, radicalmente honesta— ha dejado huella en instituciones, marcas y profesionales que hoy forman parte del imaginario colectivo.

Este año, Eskenazi recibe el ADG Laus de Honor, un reconocimiento a toda una vida dedicada al diseño gráfico. Pero lejos de celebrarlo con una entrevista convencional, hemos querido desplazar el foco. Ceder la palabra. Permitir que fueran otros —compañeros de oficio, amigos de largo recorrido, colaboradores, familiares y profesionales del sector— quienes construyeran el relato a través de sus preguntas. Algunas profundas, otras incómodas, otras triviales solo en apariencia.

El resultado es este diálogo coral: un retrato compuesto desde fuera que, como la obra de Eskenazi, rehúye el adorno y se mantiene fiel a lo esencial: entre anécdota y anécdota, decir exactamente lo necesario. – Ivan Olmos

FLAVIÀ BOLEDA: ¿Te has atrevido a bailar alguna sardana?

MARIO: Bailo muy mal. Tengo algún problema de oído que me impide llevar el ritmo. ¡De veras! Cuando era chico, mi maestra de música me decía: “Mueve la boca, pero no cantes”. Iba a la discoteca y me iba a la barra. Me hubiera gustado la sardana.

OSCAR GUAYABERO: Cuando llegaste a Barcelona a principios de los 70, la ciudad estaba por hacer; imperfecta pero quizás más excitante. Había la Barcelona canalla y la Barcelona divina. Sin mitificar el pasado: ¿qué recuperarías de esa Barcelona dual?

MARIO: Llegar fue un shock: me encontré con la Barcelona de Mariscal, vivía en la Rambla y apenas conocía a nadie. Pronto me hice amigo de América Sánchez y Carlos Rolando y entendí la otra Barcelona, la de las galerías de arte. Cada época tiene su momento. Claro que la echo de menos, pero trasladarla a hoy, la era digital, sería imposible. Ojo, no reniego de lo que hay ahora.

XAVIER GRAU: ¿Por qué Camel Light?

MARIO: Si te digo la verdad, fumaba Ducados. En las tantas intentonas de dejar de fumar, dije: “Voy a volver con Light”. Y la etiqueta que más me gustaba era la de Camel Light.

DANIEL AYUSO: ¿Cómo te organizas para vivir y trabajar en el mismo sitio?

MARIO: No me organizo. Para mí, trabajar es vivir. Hay pocas cosas que me gusten fuera del trabajo y se pueden complementar. Mis parejas participan en mis trabajos de alguna manera o me dan las horas para que yo trabaje. También tengo amigos, hago una vida afuera (claro que la mayoría son diseñadores, así que las charlas giran en torno al trabajo).

DANIEL AYUSO: ¿En qué momento del día te sientes más creativo?

MARIO: No me siento nunca creativo, ¡es terrible! Lo que decía Picasso es cierto: 90% de transpiración y 10% de inspiración. Hay que estar y estar, y estar hasta que salga.

DANIEL AYUSO: Con lo gentrificado que está el centro de Barcelona, ¿no has pensado nunca en abandonar la ciudad por Cadaqués?

MARIO: No te creas que no. Ya de mayor se me ha cruzado la idea, pero no puedo en invierno. Me gusta esto. Lo que yo no soporto es la fobia a los turistas. Obvio hay partes molestas o incómodas, pero es tanto el beneficio… Aportan alegría.

INGRID PICANYOL: Si tuvieras que quedarte con solo un sentido, ¿cuál sería?

MARIO: La vista. El gusto, el olfato… ¿con lo que fumo? ¡Já!

FLAVIÀ BOLEDA: ¿Qué instrumento tocarías?

MARIO: Si hubiera tenido talento, el saxo o la trompeta.

GARBO: Desarrollaste toda tu carrera en Barcelona. ¿Hay algún proyecto que te hubiera gustado desarrollar en Argentina?

MARIO: Nunca lo pensé, estoy contento con lo que hice allí. Un museo, quizás.

PILAR GORRIZ: ¿Maradona o Messi?

MARIO: Qué peligro de pregunta. Los dos son genios, pero mi corazón es de Maradona.

GARBO: La milanesa, ¿napolitana o solo con limón?

MARIO: Las dos. Cuando las hago yo, solo con limón porque es menos trabajo.

MÒNICA LOSADA: ¿En qué momento de tu carrera profesional te has sentido más realizado?

MARIO: Nunca. Ahora que es la vejez, viruelas, estoy viendo homenaje aquí y allá y digo “Algo habré hecho”. Disfrutando a tope, entre 2000 y 2015, porque llegó un momento, por casualidades de la vida, que me encontré que tenía los metros, los buses, todos los restaurantes, el banco, Santa Eulàlia, Santa Mònica... allá donde iba por la calle, estaba yo.

ALFREDO ENCISO (PUPILA): Tras haberlo diseñado todo, ¿qué te conmueve?

MARIO: Las ganas de hacer cosas.

ADRIANA Y GABRIELA ESKENAZI: Si no pudieras diseñar, ¿qué harías?

MARIO: Ser padre. De las cosas que yo recuerdo bien de mi vida es cómo lo pasaba con ellas cuando eran chicas.

QUERIDA: ¿El diseño te cambia la vida?

MARIO: Me hizo la vida. Me enganché de muy joven. Mi padre era arquitecto y yo me crié en su estudio dibujando planos en el suelo, me inventaba casas. De adolescente me obsesioné con los cómics, siempre me compraba libros de cómo dibujar, hasta que me tuve que ir a la universidad. Ya en la facultad, iba a la biblioteca (siempre me gustaron); ahí descubrí las revistas de diseño. Flipaba. De repente, unos compañeros montaron un café-concert y me pidieron ayuda con los carteles, sin tener yo mucha idea. No sabía lo que era la tipografía. Ahí empecé.

ALFREDO ENCISO (PUPILA): ¿Quién gana este mundial?

MARIO: ¿Pregunta polémica? ¡Ninguna! Argentina.

XAVIER GRAU (NOM-NAM): ¿Es verdad, como dicen que dices, que gran parte de la solución a un proyecto de diseño está en el briefing?

MARIO: Depende de quién haga el briefing, no siempre.

GARBO: ¿El uso del esténcil empezó como un recurso y se convirtió en una marca registrada?

MARIO: Cuando trabajaba en el canal de televisión, había muy poco dinero. No podíamos usar muchos colores; por eso siempre, de la cuatricromía, elegíamos dos para que hicieran tres. Siempre el esténcil me sugirió el tío que pinta la letra. Procuro que todo lo que hago cueste lo mínimo.

JOSEP MARIA MIR: ¿Plato japonés preferido?

MARIO: El onigiri, por supuesto.

QUERIDA: ¿Qué es lo más difícil de envejecer a nivel creativo?

MARIO: No es difícil; es más, me siento más lúcido que antes. Lo feo es envejecer físicamente; ya no soy tan ágil. Estuvimos tres semanas sin ascensor y subir seis pisos tres o cuatro veces al día fue un drama. Me duele el edadismo, lo noto horrores.

ATIPUS: Este año recibes el ADG Laus de Honor. ¿Cómo te pilla este reconocimiento?

MARIO: No me significó nada. Peor, incluso: era como si te dijeran “te jubilamos”. Honestamente, nunca me importaron los premios.

JAVIER JAÉN: ¿Qué te interesa hoy que hace diez años no te interesaba?

MARIO: Nada nuevo. Igual ahora voy más a lo concreto.

QUERIDA: ¿Cuánto es lo máximo que has cobrado por un proyecto?

MARIO: ¿Querés que te diga que no lo sé? Al menos, no para un trabajo en concreto. Nunca he cobrado tanto como la gente se imagina.

JAVIER JAÉN: ¿Cuál es la mejor decisión que has tomado en tu vida?

MARIO: Dedicarme al diseño.

ADRIANA Y GABRIELA ESKENAZI: Si llegaras hoy a Europa, ¿dónde te gustaría vivir?

MARIO: Barcelona. En algún momento estuve cruzado y pensé en irme a Oporto.

OSCAR GUAYABERO: Una de las cosas que tiene en común la gente que ha trabajado contigo es lo bien que les has tratado y ayudado a crear su propia trayectoria. La pregunta sería: ¿consideras que esa también es una labor del diseñador, la de formar a las siguientes generaciones, ya sea en la escuela o, como en tu caso, en el estudio?

MARIO: Vivo el estudio como familia. Cada persona que trabaja aquí es como un hijo y hay que ayudarlo en todo lo posible. Igual, hasta en los créditos: en la portada de los libros que hacíamos, yo firmaba junto con el diseñador que trabajaba en ese proyecto.

MÒNICA LOSADA: ¿Cómo te describen tus amigos?

MARIO: Histérico, neurótico, ansioso, divertido, mujeriego.

INGRID PICANYOL: ¿Cuál ha sido tu última revelación?

MARIO: Darme cuenta que lo que hacemos no le importa a nadie.

JOSEP MARIA MIR: ¿Por qué nunca se te ve en manga corta?

MARIO: Porque soy muy friolero. ¡En verano, sí! Además, voy tatuado.

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¿Cómo titularías esta entrevista?

“Charlas con Mario”

Madrid's markets,

Ayuntamiento de Madrid
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13th November 2025
A dialogue with Cristina Gosálvez (FAD)
by Ivan Olmos

Cristina Gosálvez:

Comunicar para crear comunidad. Diseño que habla en plural

Periodista de formación, Cristina Gosálvez lleva más de dos décadas poniendo palabras y coherencia al Fomento de las Artes y del Diseño, una institución que siente como una extensión natural de su modus operandi: rigurosa, constante y curiosa. Desde el Disseny Hub Barcelona ha sido testigo privilegiado —y a menudo termómetro— de cómo la ciudad ha ido redefiniendo su relación con el diseño, siempre con la mirada puesta en las personas que lo hacen posible. Más allá de articular el relato del FAD, Cristina ha sabido escuchar las muchas voces que lo conforman y tejer con ellas un relato compartido.

En esta conversación hablamos del valor de una institución que crece desde la diversidad, de la comunicación como ágora y de cómo hacer que el diseño hable, literalmente, en plural.

Hace más de veinte años que das voz al FAD desde la comunicación. ¿Cuál ha sido la clave para mantener vivo el interés por una institución con tanta historia y, al mismo tiempo, hacerla evolucionar con el tiempo?

Las instituciones son personas, aún más en el caso de las asociaciones. La evolución viene precisamente de la mano de las personas que forman parte de ellas: de los socios y socias que se incorporan a las juntas directivas, gente joven que aporta ideas y quiere compartir sus inquietudes e intereses con los demás. Todo eso hace que una entidad tan dinámica como el FAD esté en constante cambio de manera natural. Si hay una palabra que nos define, esa es la perseverancia: somos un referente indiscutible en la promoción del diseño, y la constancia de nuestro activismo hace que se nos escuche y se nos respete. Ya existe toda una maquinaria que posibilita proyectos con larguísimas trayectorias, como los Premios FAD, Laus y Delta —con más de sesenta años de historia—, y que siguen siendo los más rigurosos y respetados por los profesionales de los distintos sectores. A la vez, vamos creando proyectos que responden a nuevas necesidades, como el Sustainable Challenge o el Disseny Market.

Has vivido de cerca la evolución del diseño en Barcelona. ¿Qué ha cambiado más: el sector o el modo de comunicarlo?

La forma de comunicar el sector —tanto el nuestro como cualquier otro— ha cambiado radicalmente, como también lo ha hecho el mundo. En cualquier caso, no puedo hablar de profesiones que no son la mía, pero sí puedo decir que, al final, cambian las herramientas, la tecnología y los formatos, pero la esencia de toda profesión sigue siendo la misma.

¿En qué punto dirías que se encuentra hoy la escena del diseño en la ciudad?

Me cuesta mucho ser objetiva cuando se habla de Barcelona, porque estoy demasiado implicada. Creo que hace veinte años éramos los primeros de la clase de forma indiscutible, y ahora hay otros buenos estudiantes, como Madrid, donde se concentra el poder financiero y político, o Valencia, con un sector del mueble muy unido. Aun así, pienso que aquí tenemos una ventaja: el tejido creativo e industrial es real, numeroso y muy potente; no tenemos que inventarnos ninguna historia. Además, contamos con el Disseny Hub, y no todas las ciudades disponen de un equipamiento dedicado en exclusiva al diseño. Hay que reivindicarlo.

El FAD es una entidad que reúne muchas disciplinas creativas bajo un mismo paraguas. ¿Cómo se gestiona la comunicación de una estructura tan poliédrica sin perder coherencia?

Es difícil, y a veces no somos coherentes. ¡Esa es la gracia! Reunimos entidades asociativas con profesionales de naturalezas muy distintas, como un arquitecto y un artesano, y está bien que sea así. La diversidad es lo que hace al FAD interesante, porque al final las fronteras entre disciplinas creativas son muy difusas. Diría que lo que nos ayuda a ser coherentes en la comunicación es tener herramientas comunes —como una marca, un boletín o una web— que nos permiten no solo poner orden en la cantidad de información y proyectos que generamos entre todos, sino también ser más eficientes en el uso de recursos. Siempre hemos tenido claro que hay que dar alas a la creatividad y que cada proyecto debe poder tener su propia identidad para invitar a los profesionales asociados a participar. Además, a menudo apostamos por gráficas y campañas de creadores jóvenes que quizás, desde el ámbito empresarial o público, se considerarían demasiado arriesgadas. Pero si no lo hace el FAD, ¿quién lo va a hacer?

“Si no comunicamos, no existimos: no hay público, no se crea comunidad, el mensaje no llega a la sociedad. Evidentemente, antes de comunicar debemos preparar proyectos que respondan a las inquietudes del sector.”
Cristina Gosálvez-FAD

Si la incoherencia implica ser altavoz del talento...

Velamos para que siempre puedan participar perfiles muy diversos. No existe una entidad que agrupe tantas disciplinas en ningún sitio, o al menos no en Europa. Somos únicos.

¿Qué te ha enseñado esta diversidad sobre cómo se piensa y se vive el diseño?

Cada profesión vive el diseño de manera diferente, y a la vez hay un componente común en el hecho creativo que las une. Es muy divertido descubrir “intrusos” entre los distintos profesionales, porque las disciplinas no son espacios estancos, sino que están muy interrelacionadas: arquitectos que diseñan joyas, diseñadoras gráficas que hacen moda o industriales que juegan con la artesanía.

¿Qué importancia tiene hoy la comunicación para un organismo que promueve el diseño, el arte y la cultura? ¿Es más una herramienta de difusión o de construcción de comunidad?

La comunicación es esencial en una entidad como la nuestra. Si no comunicamos, no existimos: no hay público, no se crea comunidad, el mensaje no llega a la sociedad. Evidentemente, antes de comunicar debemos preparar proyectos que respondan a las inquietudes del sector. Quizás es una percepción personal, pero los vínculos en el entorno digital no son tan reales como cuando nos encontramos presencialmente. Desde el FAD ofrecemos muchas oportunidades de conexión para fomentar esa proximidad, para hacer piña.

En el caso del Disseny Market Barcelona, hay una voluntad clara de abrir el FAD al público general. ¿Qué os interesaba transmitir con esta nueva identidad?

La misión era complicada porque este año teníamos varios frentes abiertos que queríamos empezar a resolver con la nueva identidad. Por un lado, queríamos crear un sistema gráfico reconocible para nuestro público y que nos anclara, aunque la gráfica variara cada año, ya que los cambios de ubicación del mercado en los últimos años dificultaban su identificación —más aún en plena campaña de Navidad. Por otro, queríamos transmitir que el diseño no es elitista, sino que allí se encuentran objetos que forman parte de nuestro día a día. Y, finalmente, buscábamos calidez.

¿Cómo ha sido el proceso de trabajo con Atipus?

Muy fácil, nos entendieron enseguida. Atipus lo ha resuelto creando un sistema con mucha personalidad. Estoy muy ilusionada con la campaña, ¡la ilustración es preciosa!

Tu trayectoria combina lógica y sentido común, pero también sensibilidad y una mirada a largo plazo. ¿Qué consejo darías a quien empieza hoy en la comunicación cultural?

La comunicación cultural a menudo debe transmitir ideas complejas que solo pueden expresarse a través de los canales y contenidos propios y de los medios de comunicación, espacios que dan continuidad a los mensajes simplificados de las redes sociales. Por tanto, les diría que no pierdan de vista la visión global y el objetivo final de las instituciones y sus proyectos. Debemos dar voz a los creadores, a los pensadores, a los comisarios. El cartel en la calle o el post en Instagram son puertas de entrada a un universo más profundo que también hay que cuidar.

Más allá del FAD, ¿qué te inspira personalmente en tu día a día?

Me gustaría aprender más sobre arquitectura y su historia. Es un tema que cada vez me interesa más y al que me gustaría dedicarle más tiempo.

Snap:

Tu entrevista soñada:

Pasqual Maragall y Ricardo Bofill

Estación preferida del año:

Primavera

Inteligencia artificial: ¿sí o no?

Sí, con muchos matices

Un título para esta entrevista:

“La sostenibilidad no es únicamente medioambiental”

¿Cómo titularías esta entrevista?

“La diversidad nos hace singulares”

Disseny Market Barcelona,

FAD (Foment de les Arts i del Disseny)
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16th October 2025
A dialogue with Rosa Mesalles (Premis Literaris)
by Ivan Olmos

Rosa Mesalles:

La palabra como servicio público. Hacer crecer la literatura en el mundo.

Rosa Mesalles estudió Filología Catalana sin contar con la absoluta convicción de su padre, que le auguraba un futuro más próspero si se orientaba hacia las ciencias. Pero ella lo tenía claro: la palabra era su vocación. Durante casi tres décadas ha escrito, editado, dramatizado, traducido, programado, leído y escuchado, siempre con un compromiso férreo. Mujer orquesta y nostálgica del papel, ha convertido la administración pública en un espacio para cuidar la cultura, con una mirada que combina rigor, emoción y un profundo respeto por el territorio. Desde la Concejalía de Cultura de la Paeria, coordina los Premios Literarios de Lleida, un proyecto al que ha dado forma año tras año, en diálogo constante con la memoria de un nombre que la marcó: Jaume Magre, figura clave en la construcción del modelo cultural de la ciudad.

En esta conversación, hablamos del compromiso como motor vital, del valor de la cultura como servicio público y de la necesidad de reivindicar una literatura con denominación de origen.

Llevas décadas dando forma y voz a la cultura en Lleida desde la discreción y la tenacidad. Si tuvieras que escoger una palabra para resumir tu trayectoria, ¿cuál sería?

Compromiso. Siempre he pensado que si haces algo sin comprometerte, no tiene peso. Me salga bien o no, lo doy todo e intento hacerlo lo mejor posible. Trabajo en un espacio público y nunca he encajado con la imagen del funcionario que no curra. Me involucro como si fuera mi casa o mi empresa, porque nunca he perdido la hoja de ruta, independientemente del concejal o del alcalde. Lo que realmente me mueve es el servicio público: mi función es tender puentes entre el sector literario y la ciudadanía, a veces a costa de la vida personal. Si pudiera decirte una segunda palabra, sería “pasión”. Tengo la inmensa suerte de trabajar en una materia que me encanta.

¿Qué es, para ti, la cultura?

El espacio y la herramienta para despertar el espíritu crítico, cultivar el conocimiento, disfrutar de la belleza… Es el terreno donde conocer el alma humana y crecer por dentro, y eso la hace absolutamente necesaria. No me gusta el concepto de “consumir cultura”, porque tiene una connotación economicista.

Tu sello es deliberadamente multidisciplinar. ¿Qué te empuja a tocar tantas teclas?

Todos mis proyectos parten de la literatura, pero siempre buscan abrirse a otros lenguajes. Tengo la fortuna —y la voluntad— de trabajar con todo el arco artístico: música en directo, escenografía, interpretación, audiovisual… Cuando comparto un proyecto con el elenco, deja de ser mío y pasa a ser de todo el equipo. En un ensayo general, a dos horas del estreno, un error se ha convertido en un giro inesperado. De esas cosas se aprende mucho. Yo me iré y los proyectos quedarán, pero lo que me llevo es la implicación emocional y personal de las personas que me han acompañado.

Coordinas, escribes, editas, programas, dramatizas... Pero si hoy te encontraras frente a una página en blanco, ¿cuál sería el primer proyecto que te apetecería impulsar?

Yo siempre tengo una página en blanco, no es ninguna hipótesis. Cuando termino un proyecto, ya estoy pensando en el siguiente. El trabajo es cíclico y eso me obliga a ser muy organizada. ¡Me fastidia! No me deja improvisar como quisiera. Tengo una carpeta donde apunto todas las ideas de proyectos que se me ocurren y recurro a ella siempre que puedo. Hay tantos que me apetecen… pero el tiempo es limitado. Ahora estoy esbozando cómo será el acto público que organizaremos para los Premios Literarios Lleida 2025 en noviembre.

“El tiempo es el tesoro más preciado de este presente líquido. Vivimos con prisas, todo sucede de forma trepidante e inconsistente. A mí me gusta apostar por lo esencial, por aquello que tiene valor y que el tiempo no licua.”
Rosa Mesalles-Premis Literaris

De los Premios Literarios de Lleida se dice que son “tu proyecto”. ¿Cómo has vivido la evolución de estos galardones desde 1988 hasta ahora?

Entré en el Ayuntamiento casi por casualidad. Empecé corrigiendo y traduciendo textos municipales. Al poco tiempo, hubo un cambio de gobierno y los premios volvieron a ser responsabilidad municipal. Nadie me explicó cómo se organizaba un premio literario, me los confiaron y creé mi propio sistema. Los siento míos no por protagonismo, sino porque me dejo la piel. Son el legado de Magre, el gran impulsor. Él me marcó profundamente. Incluso hoy, cuando organizo el acto de entrega, pienso: “¿Esto, él lo aprobaría?”. Los premios han evolucionado con el tiempo. Han cambiado las dotaciones —ahora son de las más altas de Cataluña—, los jurados, los formatos, los espacios e incluso el tipo de público. También me ha interesado cuidar la trayectoria de los autores. Es un proyecto vivo, como debe ser la literatura.

¿Qué debe tener una identidad gráfica para estar a la altura de un proyecto con alma?

Fondo y forma deben tener, desde siempre, coherencia. No hace falta caer en lo explícito, pero sí buscar una conexión con lo que se quiere transmitir. Es fundamental que la imagen se alimente del espíritu del proyecto para comunicarlo de forma efectiva y eficaz, dando espacio a la innovación y, si hace falta, a la ruptura; pegar volantazos cuando sea necesario para evolucionar hacia nuevos caminos. Con Atipus ha sido así: siempre han respetado mi inclinación hacia la atemporalidad (y mi aversión a la estridencia) aportando sus ideas.

Con Atipus compartís camino desde 1999. ¿Cómo es trabajar con un estudio con el que habéis crecido a fuego lento? ¿Qué destacarías de esta colaboración?

Nuestra relación es de confianza y franqueza. Cuando he tenido que decir “esto no me gusta”, lo he hecho, y ellos siempre han estado muy abiertos a escuchar. No han dado su brazo a torcer, sino que han vuelto con una nueva propuesta. Eso solo lo da el paso del tiempo —casi tantos años como tiene mi hija mayor. Como un matrimonio bien avenido.

En una época dominada por las prisas, tú defiendes los ritmos del papel. ¿Qué relación tienes con el objeto libro?

El tiempo es el tesoro más preciado de este presente líquido. Vivimos con prisas, todo sucede de forma trepidante e inconsistente. A mí me gusta apostar por lo esencial, por aquello que tiene valor y que el tiempo no licua. El libro es eso: un océano donde ser feliz a través de los mundos subterráneos que esconde entre sus tripas; un objeto que quiero, un compañero de viaje hacia la imaginación. Siempre me hago trampas guardando pequeños tesoros —entradas, notas, papeles— que redescubriré años después, como si se tratara de regalos emocionales del pasado.

Has escrito, editado o coordinado cientos de textos sobre autores del territorio. En un mundo tan globalizado, ¿qué te impulsa a seguir defendiendo una literatura con raíces?

Para que un árbol dé fruto, hay que saber dónde tiene las raíces, alimentarlas y abonarlas. Solo así crecerá fuerte y podrá formar parte de un bosque global donde cada árbol cuenta la historia de dónde fue plantado. Para mí, lo local es el primer paso hacia lo universal. No hay creador que no esté vinculado, de una forma u otra, al lugar donde ha nacido, a la lengua en la que piensa o al paisaje que lo ha marcado. En Lleida tenemos nombres que forman parte de la literatura catalana y universal —Pedrolo, Marçal, Margarit, Màrius Torres, Vallverdú, Viladot...— y no siempre se es consciente de ello. Por eso hay que ponerlo en valor. Si no lo hacemos nosotros, no vendrá nadie de fuera a hacerlo.

Tu mirada ha contribuido a visibilizar poetas, narradoras, ensayistas... Si miras atrás, ¿hay alguna voz que crees que aún nos falta escuchar?

Hay muchos autores y autoras aún desconocidos que me encantaría visibilizar, descubrir o redescubrir. Pero el tiempo es tan limitado que a menudo resulta imposible despertarlos del olvido y hacer brillar su creación como se merece.

¿Te imaginas alguna vez parando? ¿Qué te hace continuar después de tantos años de trabajo cultural (y emocional) al servicio de Lleida?

No tengo ningún miedo a la jubilación; de hecho, estoy bastante cansada. Lo que me falta es tiempo: para escribir, para las miles de lecturas que tengo pendientes, para ser espectadora… para alimentarme de cultura. Si la salud me lo permite, eso es todo lo que quiero hacer.

Snap:

Tu colección más preciada:

Mi biblioteca

En otra vida serías… 

Interiorista o escenógrafa

El mejor consejo que te han dado: 

“Hazlo todo con amor y entusiasmo”

Un título para esta entrevista:

“La sostenibilidad no es únicamente medioambiental”

¿Cómo titularías esta entrevista?

“Mirar por el retrovisor”

Centres d'Arts Visuals de Catalunya,

Departament de Cultura Generalitat de Catalunya
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16th September 2025
A dialogue with Chema Ginel (Ruralife)
by Ivan Olmos

Chema Ginel:

Nomadismo digital con raíces. Imaginar la aldea del futuro

A Chema Ginel el mundo se le queda pequeño. Melillense de nacimiento, enamorado de Galicia y con una carrera de más de veinte años en el mundo corporativo tecnológico —pasando por países como Estados Unidos, Reino Unido o Argentina—, ha encontrado en el nomadismo digital un estilo de vida que encaja con su espíritu inquieto. Hoy canaliza ese bagaje internacional en Ruralife, una iniciativa que reimagina lo rural en la era digital creando aldeas sostenibles e interconectadas. La primera, Roxoseco, en Trabada. En su propuesta, tradición y tecnología dialogan para imaginar cómo será la aldea del futuro.

En esta conversación hablamos de segundas vidas para pueblos olvidados, de la responsabilidad de ser nómada y de cómo construir puentes entre la comunidad local y la global.

Del mundo corporativo al rural. Tras más de dos décadas en multinacionales tecnológicas, ¿qué te llevó a apostar por un proyecto como Ruralife en Galicia?

Durante más de veinte años he trabajado en el mundo de la corporación tecnológica, pero en paralelo siempre he impulsado proyectos personales en áreas como la gestión de activos inmobiliarios y la investigación de mercados internacionales. Me apasiona viajar y conocer culturas, quizá mis raíces africanas tengan algo que ver en ello. Todo esto, junto a mi fascinación por la naturaleza y el deporte, me ha llevado a plantear un proyecto que combina lo que sé hacer y lo que me mueve, con el propósito, quizá algo ambicioso, de contribuir a un mundo mejor.

¿Cómo logras conciliar ambos proyectos?

El teletrabajo me permite organizar mejor el tiempo, trabajar con gente de todo el mundo y tener espacio para proyectos personales. Al principio, me generaba algo de estrés no tener contacto físico, pero se ha convertido en mi forma natural de trabajar. Hoy lo valoro mucho, tras años yendo a la oficina con chaqueta y corbata de nueve de la mañana a siete de la tarde. No es fácil, porque exige ser muy consciente de dónde empieza la obligación con la empresa y dónde la de los colaboradores del proyecto, pero con el tiempo se consigue. Para mí, lo esencial es ese equilibrio: poder hacer cosas que te motivan y te dan una satisfacción diferente.

¿Qué tiene Galicia que la convierte en el lugar idóneo para iniciar este viaje? ¿Hay un vínculo personal, emocional o cultural?

Haber nacido en Melilla, supongo, despertó en mí la necesidad de conocer mundo. Crecí en una cultura mixta, entre la europea y la árabe, en contacto con la judía y la hindú. Después he vivido en distintos países, mi mujer es argentina con doble nacionalidad italiana y también mis hijos tienen varios pasaportes. Llevo años madurando un proyecto de estas características, siempre con la mirada en el norte. Historia, gastronomía, naturaleza: Galicia reúne todo lo que buscaba. Proponemos un desarrollo respetuoso con las tradiciones, que conserve la autenticidad del territorio sin explotarlo ni devaluarlo.

¿Cuántos años llevas madurando la idea?

Desde hace cuatro empecé a mirar activamente Galicia y Asturias junto a diferentes agencias especializadas. El gran punto de inflexión fue la compra de la aldea en enero de 2023: a partir de ahí comencé a elaborar el proyecto. En 2025 iniciamos la construcción, ahora mismo está en plena rehabilitación y esperamos estar en el mercado a finales de año.

“No se trata de borrar lo que existe, sino de ayudar a que crezca y se abra al mundo. He encontrado gente muy orgullosa de Galicia y con ganas de avanzar.”
Chema Ginel-Ruralife

En Ruralife confluyen naturaleza, tradición y tecnología. ¿Cómo dialogan estos tres elementos en tu visión del proyecto?

El valor diferencial de Ruralife está en conservar la esencia del lugar y mejorarla a través de la tecnología, sin transformarla. El proceso de recuperación de la aldea se ha ejecutado con extremo cuidado: se han mantenido las estructuras y materiales originales de las construcciones, mientras que en el interior hemos apostado por un diseño más moderno, siempre integrándose con el rural para evitar contraste. La tecnología tiene un peso fundamental, desde la aerotermia y las placas solares hasta la domótica, el internet de alta velocidad o un chatbot multilingüe. Si este modelo se replica en otros proyectos, podríamos acercar el mundo rural a personas de todo el mundo y generar riqueza sostenible para la comunidad local.

¿Cómo ha sido la respuesta de la comunidad gallega?

Muy positiva, aunque ningún cambio se logra en dos días. Galicia lleva tiempo transformándose. El año pasado participé en Turislab, la aceleradora de la Xunta, lo que me permitió entender mejor el turismo, el tejido empresarial y la forma de trabajar de las administraciones. Me confirmó que hay una gran oportunidad, siempre que no se haga de manera invasiva: no se trata de borrar lo que existe, sino de ayudar a que crezca y se abra al mundo. He encontrado gente muy orgullosa de Galicia y con ganas de avanzar. Eso ha sido un chute de energía y ha reforzado mi interés.

A menudo se habla de «nomadismo digital» desde una perspectiva superficial (o incluso negativa). ¿Qué significa para ti y cómo lo redefines?

Un nómada digital es alguien que puede desempeñar su profesión desde cualquier lugar gracias a la tecnología. Con un ordenador o incluso solo con un móvil y conexión a internet, hoy muchas profesiones permiten esa flexibilidad. Más allá de lo económico o lo tecnológico, me interesa la vertiente humana: reencontrarse, elegir un lugar tranquilo, disfrutar de la naturaleza… No todo el mundo quiere estar en la capital de moda; muchos buscan refugios climáticos para escapar de las altas temperaturas. Ser nómada digital también significa poder disfrutar de un sitio durante meses y luego mudarte a otro, de ahí la idea de una red de aldeas. Eso sí, conlleva una responsabilidad. No se trata de explotar el rural para beneficio propio, sino de generar riqueza para la comunidad, de ayudar a que los jóvenes quieran quedarse porque lo que hacen tiene valor y se reconoce.

Deduzco, por tu discurso, que el target de Ruralife es muy concreto.

No es una propuesta de valor para todo el mundo, sino para un perfil de usuario que aprecia la tradición, la historia y la cultura, y está dispuesto a pagar por ello. Si todos buscáramos siempre el coste más bajo, no sería sostenible. Por eso también queremos educar. En Ruralife hemos creado una primera carta de experiencias auténticas: visitar una quesería o una conservera, recoger castañas en un bosque o conocer de cerca cómo trabaja una granja.

Londres, Buenos Aires, Boise, Madrid… Has vivido y trabajado en lugares muy distintos. ¿Qué aprendizajes de esa trayectoria internacional aplicas hoy a un pueblo gallego en ruinas?

Vivir en distintos países me ha enseñado que no hay una única forma correcta de hacer las cosas. Esa diversidad es super enriquecedora y ha inspirado también Ruralife. Queremos abrir Galicia al mundo y proyectar su legado de forma global.

La colaboración con Atipus empezó con un encargo muy concreto (una web) y terminó en una identidad global. ¿Qué valoras de ese proceso compartido?

Ha sido impresionante. Me costó encontrar una empresa capaz de entender el concepto de Ruralife. Reconozco que soy muy exigente —he trabajado muchos años en marketing—, y diseñar una web, sin desmerecer, puede ser algo sencillo. Atipus ha ido mucho más allá: han acelerado el proyecto con una calidad técnica y creativa extraordinaria. Gracias a ello, hoy me siento con la confianza de comunicarlo con una visión más ambiciosa, tanto en acciones públicas como frente a inversores internacionales.

Ruralife nace con voluntad de crecer: Roxoseco es la primera “aldea”, pero no la última. ¿Cómo imaginas esa red de espacios dentro de diez años?

Es un proyecto pensado para crecer y replicarse. Existe una comunidad global muy consciente de la sostenibilidad y del desequilibrio mundial. Queremos construir una cultura que trascienda fronteras y proyecte Galicia al futuro.

Snap:

De la gastronomía gallega, te pierde…

El pulpo

Un lugar de Melilla que añores:

El mar, con la fortaleza medieval de fondo

Tu canción para salir a correr:

El canto de la naturaleza

Un título para esta entrevista:

“La sostenibilidad no es únicamente medioambiental”

¿Cómo titularías esta entrevista?

“Aquí empieza todo”

Ruralife,

Ruralife
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17th June 2025
A dialogue with Carla Gili (Anècdota Rural)
by Ivan Olmos

Carla Gili:

Del campo al asfalto. Historias que nos acercan al territorio

Carla Gili no proviene de una familia de tradición campesina, pero ha crecido escuchando a la tierra. Diseñadora de formación, decidió dejar atrás Barcelona para volver a Montgai, su pueblo natal, y transformar unos olivos plantados por su padre en un proyecto de vida. De esa ambición genuina nació Anècdota: un aceite de oliva virgen extra que, botella a botella, busca vincular a las personas con el campo y reivindicar su herencia cultural. Desde la tierra, desafían la lógica de la industria, apostando por la trazabilidad, la proximidad y el relato.

En esta conversación hablamos de homenajear la memoria del territorio en la mesa, de reeducar al consumidor y del valor de hacer las cosas con calma en un presente centrifugado.

De Barcelona a Montgai: ¿qué te hace dejarlo todo para volver a casa? ¿Fue un impulso o una necesidad que venías arrastrando desde hace tiempo?

Tengo una visión muy flexible de la vida: que tome una decisión hoy no significa que tenga que atarme a ella para siempre. No me abruma el cambio. Es curioso, porque disfruto mucho de la ciudad; de hecho, mi entorno daba por hecho que me quedaría allí. Pero llegó un punto en el que, si quería sacar adelante este proyecto, tenía sentido volver a casa. Me daba un poco de vértigo; no es fácil cuando ya te has ido. Había una dinámica familiar por reaprender.

El proyecto nace de unos olivos plantados por tu padre.

Mi padre empezó a plantar olivos hace seis años, cuando se jubiló. Sin ningún plan en mente, simplemente le apetecía invertir su tiempo en algo que le ilusionara. Es un culo inquieto, siempre se propone nuevos retos. Yo me dedicaba al diseño de producto, y en la universidad me incomodaba que mis amigos de ciudad —aun teniendo mucha cultura— no valoraran el trabajo de mis amigos del campo. Todo mi entorno aquí es campesino: gente que volvía a la finca a las siete de la mañana tras una noche de fiesta. Me frustraba mucho que eso no se reconociera. De ahí que muchos de mis proyectos, desde que me gradué, hayan buscado tender puentes entre el campo y la ciudad.

¿Cuándo te das cuenta de que lo que empezó como una distracción podía convertirse en un proyecto de vida?

Cuando surgió la posibilidad de hacer aceite, tenía claro que no quería que terminara como los garbanzos del súper: un producto hecho con cariño y desde la proximidad, que llega a casa sin historia y se consume sin conciencia, porque la industria lo mezcla todo y hace imposible su trazabilidad. Empezar con la única intención de diseñar una botella de aceite es una idea muy inocente, porque a medida que te metes en ello, te vas vinculando. Para mí, diseñar sin una misión no es una opción. Y una vez tienes el horizonte claro... te engancha.

¿Qué hay tras el nombre “Anècdota”?

Buscaba un nombre que no hablara del producto, sino de la experiencia. Quería evitar caer en tópicos como “oro líquido” o cosas por el estilo. Para mí, el aceite es la excusa: la misión sería la misma si hiciéramos quesos o zapatos. “Anècdota” nos ofrecía un paralelismo perfecto, porque nunca es la historia principal, sino la que acompaña —igual que el aceite. También me interesaba su sentido estrictamente cultural, como forma de aprender a través de pequeñas cosas del día a día. Como cuando vas al mercado y el campesino te explica de dónde viene el producto. La anécdota es lo que te hace quedarte.

“Anècdota” nos ofrecía un paralelismo perfecto, porque nunca es la historia principal, sino la que acompaña — igual que el aceite.”
Carla Gili-Anècdota Rural

¿Cómo es compartir aventura con tu padre?

Es un estilo de vida, tienes que sentirlo tuyo. El trabajo en el campo siempre ha sido familiar, y yo también lo soy. Compartir proyecto con mi padre implica reaprender a convivir, redefinir roles, tener paciencia y volver a dialogar. Pero es como en cualquier trabajo: tú te ocupas de una cosa, yo de otra, y entre todos lo sacamos adelante. Es una forma de entender el trabajo —y la vida— desde un lugar mucho más orgánico.

Has trabajado en sostenibilidad, diseño de producto, marketing digital... ¿Cómo han cristalizado todas esas experiencias en Anècdota?

La parte emprendedora me viene sobre todo de mi padre, que ya había tenido su propio negocio. Sin él, Anècdota no habría sido posible, no solo por la infraestructura, sino por todo lo que me ha transmitido con su experiencia. El diseño también está muy integrado en todo lo que hago. Haber pasado por un estudio de agricultura vertical me ayudó a entender cómo se toman decisiones.

A pesar de darte cuenta de que trabajar en un estudio creativo no era lo tuyo, dices que volverías a estudiar diseño. ¿Por qué?

Lo tenía clarísimo desde el bachillerato. La decepción vino después, cuando vi cómo funcionaba realmente un estudio desde dentro. Ahí me di cuenta de que no quería ser diseñadora, sino usar el diseño como herramienta, como una forma de pensar.

El desamor no fue tan doloroso, pues.

Estudiar diseño te da una estructura, una metodología. Lo aplico cada día en Anècdota. Me permite proponer soluciones muy tangibles en el mundo rural y ver los resultados.

¿Cómo recuerdas el primer contacto con Atipus?

Hacía tiempo que seguía de cerca el trabajo de Atipus. Me puse en contacto con ellos por primera vez sin tener mucho presupuesto. Desde el principio me gustaron mucho por su calidad humana, pensé: “Cuando llegue el momento, tengo claro con quién quiero trabajar.” Y así fue.

En un momento en el que todo tiende a ser masivo e inmediato, apostáis por el pequeño formato y el ritmo natural del campo. ¿Decisión consciente o inevitable?

Totalmente consciente. Hay alternativas, pero no conecto con ellas. Creo mucho en los equilibrios. No me considero especialmente idealista, dentro del sistema hay muchas formas de hacer, desde enfoques más radicales hasta propuestas de decrecimiento. Si queremos transformarlo, no podemos huir: tenemos que ir haciendo pequeños ajustes desde dentro. Con los aceites de finca, por ejemplo, estamos invirtiendo la lógica de la industria. No mezclamos cosechas, damos importancia al origen y explicamos qué hay detrás de cada botella. ¿Encarece el producto? Sí. Pero también lo dignifica. Podríamos hacerlo más fácil y más rentable, pero no nos resonaría. Y el consumidor que lo entiende... lo valora.

Sueles hablar de conectar ciudad y campo. ¿Qué te gustaría que cambiara en la forma en la que miramos —y valoramos— el mundo rural? ¿Es ahí donde nace Espai Anècdota?

Desde el inicio del proyecto teníamos claro que habría una parte experiencial. Sabíamos que debíamos estar físicamente presentes en la ciudad, pero también encontrar formas de acercarla al campo. De ahí nace Espai Anècdota: encuentros en pleno sector primario, en fincas reales, para vivir el territorio desde dentro. No buscamos el paisaje más romántico, sino la realidad del campo tal y como es: con fincas tecnificadas, placas solares, depósitos, maquinaria. Eso no significa que no nos gusten las plantaciones tradicionales, pero queremos mostrar toda la complejidad que hay detrás de cada tirada.

¿Qué te gustaría que pasara con Anècdota dentro de cinco años? ¿Cómo lo imaginas?

Me gustaría que el concepto de aceites de finca estuviera plenamente instaurado, y que Anècdota fuera referencia. Tener presencia en más espacios, poder ofrecer más catas, colaboraciones y acciones compartidas... Y, si puede ser, llegar también a otras ciudades europeas.

Snap:

El alimento ideal para acompañar el aceite:

Pan de masa madre

Media diaria de horas frente a la pantalla:

Unas cuatro

Un recuerdo que revivirías para siempre:

El primer obrador

Un título para esta entrevista:

“La sostenibilidad no es únicamente medioambiental”

¿Cómo titularías esta entrevista?

“La parte más personal de Anècdota”

Microtiratges 8,

Maria Rigol Ordi
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16th May 2025
A dialogue with Jess Orera (Digital of things)
by Ivan Olmos

Jess Orera:

Cuando la palabra es código: diseñar la experiencia digital

El perfil de Jessica Orera escapa a cualquier etiqueta. Periodista de formación, apasionada de las letras y con una mirada analítica afilada, ha hecho del digital su hábitat natural. Más que un simple contenedor tecnológico, allí ha encontrado un espacio vivo en que narrativa, diseño y programación se trenzan para dar vida a historias significativas. Al frente del estudio Digital of Things, lidera proyectos centrados en la experiencia de usuario y en la construcción de estructuras digitales con sentido, huyendo de plantillas y fórmulas prefabricadas.

En esta conversación, hablamos de equilibrios entre palabra y código, de llevar la simplicidad como bandera y del riesgo de convertirse en pantalla en un presente hiperconectado.

¿Cómo definirías Digital of Things a aquellos que todavía no os conocen?

Somos un estudio muy familiar. Las tres personas que formamos el equipo tenemos trayectorias individuales, cada una en ramas distintas —programación, diseño y comunicación—, y compartimos inquietudes. Tenemos ganas de seguir aprendiendo, de descubrir cosas nuevas y, sobre todo, de generar otras nuevas. El entorno en el que nos sentimos más cómodos es el digital, que es el que nos permite convivir como una unidad. Somos un estudio que desarrolla proyectos digitales innovadores, frescos y que aportan al sector.

¿Qué peso tienen las historias en vuestros proyectos?

Depende de hasta dónde nos dejen llegar los clientes. El storytelling es un elemento imprescindible en todo lo que hacemos: la experiencia digital no deja de ser una historia que quieres contar a un conjunto de usuarios a los que quieres llegar. Si planteas la parte técnica o la de diseño sin tener en cuenta la narrativa, acabas generando proyectos más planos, que puedes conseguir fácilmente con una plantilla. Nosotros invertimos el proceso, de manera que la técnica y el diseño respondan a una necesidad inicial de comunicación. Creamos ad hoc una estructura digital que nos permita contar una historia.

Vienes del mundo de la comunicación y la literatura. ¿Cómo llegaste al entorno digital y la programación?

De rebote, como casi todo en la vida, ¿no? Estando en el lugar adecuado y aprovechando cada oportunidad que se presenta. Fue uno de mis primeros trabajos relacionados con nuestro ámbito, cuando aún era estudiante. Buscaban a alguien para incorporarse al departamento de Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona y entré. Ya te digo, un poco por casualidad, nunca me lo había planteado antes. A medida que me fui familiarizando, me di cuenta de que realmente era un medio que me permitiría evolucionar y aplicar gran parte del conocimiento literario que había aprendido.

En tu día a día, tomas muchas decisiones que impactarán en la vida de quienes habiten vuestros proyectos. ¿Cómo se convive con esa responsabilidad?

Desde el estudio piensas: “Haré todo lo que esté en mis manos según las necesidades del cliente”. Tenemos solvencia y experiencia, sabemos que podemos llevarlo a cabo. Evidentemente, hay negociaciones y tenemos que ceder en algunas cosas, pero en general obtenemos buenos resultados y mantenemos una relación muy buena con las familias. Ahora bien, últimamente he colaborado en concursos públicos como experta en sostenibilidad, y… ¡ostras! Cuando ves ciertas propuestas u opiniones, piensas: “¡Esto no se puede hacer! ¡Es inaceptable! ¿Cómo pueden seguir vigentes ideas tan arcaicas en arquitectura?”. Y es entonces cuando siento que tengo que gritarlo bien fuerte. Me genera mucha frustración

“El storytelling es un elemento imprescindible en todo lo que hacemos: la experiencia digital no deja de ser una historia que quieres contar a un conjunto de usuarios a los que quieres llegar.”
Jess Orera-Digital of things

Como por ejemplo...

El mundo digital te permite construir una historia con herramientas que van más allá del texto, y eso es fantástico, porque se pierden muchos límites espaciales y temporales. Permite expandir la teoría de la narrativa y de la comunicación, en tanto que ya no estás limitado a un soporte físico, como el papel, ni a un canal.

Aun así, ¿te consideras una nostálgica de lo analógico?

Mucho. Aunque soy muy dependiente de las herramientas digitales en el día a día de mi trabajo, y también en el ámbito más personal, me gusta escribir en papel. Tengo libretas ordenadas por años, y ahí escribo pensamientos, notas de reuniones... Para terminar de pensar algo o visualizarlo mentalmente, necesito un soporte analógico para después traducirlo a la pantalla. También soy una gran aficionada a la cocina, a coser, recolectar flores, teñir tejidos con plantas, a la botica natural... Esa parte más terrenal me equilibra y me ayuda a no convertirme en una pantalla, que es el riesgo. Intento encontrar vías para seguir conectada con mi entorno y no perderme en un canvas infinito.

¿Cómo combinas tu perfil narrativo con el día a día técnico del estudio?

Es un juego de equilibrios. Lo que más me atrae de la programación es que te permite transformar una idea que en principio no es tangible en un lenguaje. Se parece mucho a la lingüística: es un juego de lenguajes que interactúan entre sí para transmitir un conjunto de mensajes. Estamos en los dos extremos de la visualización típica del conocimiento —la letra pura y la ciencia— que acaban tocándose y cerrando un círculo.

Trabajáis en proyectos donde el diseño UX/UI y el desarrollo técnico van de la mano. ¿Qué aprendizajes te ha brindado colaborar estrechamente con diseñadores?

Entrenar la vista y compensar los elementos. Todavía estoy aprendiendo cómo puede ser que una letra o el grosor de un filete pueda influir tanto en una experiencia de usuario y hacerla agradable y usable.

¿Qué hace que una experiencia digital sea un éxito?

Que saque al usuario de su zona de confort de una forma agradable, sorprendiéndolo, despertando su curiosidad e invitándolo a explorar.

La simplicidad es vuestra seña de identidad. ¿Menos es siempre más?

Menos es menos y más es más. Para nosotros, la simplicidad es una filosofía que implica hacer lo que sabemos hacer, aprender de lo que tenemos alrededor y cuidar al máximo el proceso. A veces eso te permite hacer más, y otras, menos. Es en ese equilibrio donde se genera la magia, y ese es nuestro código.

¿Y más, a veces, puede ser demasiado?

Es una tendencia general. Depende del perfil del cliente, claro. Por eso nuestro trabajo muchas veces consiste en guiar al cliente y ayudarle a simplificar y sintetizar las necesidades del proyecto.
Son fórmulas, pero no es la nuestra.

Digital of Things se describe como un estudio pequeño que se integra en los equipos de sus clientes. ¿Qué ventajas ves en esta forma de trabajar?

Que acabas compartiendo un objetivo común. Eso genera una esfera creativa que personalmente me fascina y que termina por traducirse en productos finales más sólidos.

Desde tu perspectiva como Project Success Manager, ¿qué crees que hace que la relación con Atipus sea tan fluida?

Compartir el amor por los códigos, cada uno desde su oficio, y construir una familiaridad y un respeto a lo largo de los años, de forma muy orgánica.

Un proyecto soñado.

Tener una editorial.

Snap:

¿Eres de una sola alarma o de “venga, cinco minutos más”?:

De muchos “cinco minutos más”

No puedo salir de casa sin...

El móvil

Si me reencarnara en un animal, sería...

Un gato

Un título para esta entrevista:

“La sostenibilidad no es únicamente medioambiental”

¿Cómo titularías esta entrevista?

“Una conversación entre equipos”

Centres d'Arts Visuals de Catalunya,

Departament de Cultura Generalitat de Catalunya
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8th April 2025
A dialogue with Jade Serra (Slow Studio)
by Ivan Olmos

Jade Serra:

Crear con conciencia: la arquitectura como posibilidad

Jade Serra ha hecho de la arquitectura su manera de vivir: no tanto como una suma de materiales, superficies y normativas, sino como una herramienta para pensar y habitar mejor el mundo. Cofundadora del estudio Slow Studio junto a Víctor Vergés, la sostenibilidad es la columna vertebral de un proyecto que lleva más de quince años en marcha. Con una mirada radicalmente consciente, defiende una arquitectura que escucha: al cuerpo, al planeta, a las personas. Desde el estudio, pero también desde la investigación, la divulgación y el activismo, hace tiempo que cuestiona los ritmos y las lógicas del sector para abrir fisuras hacia otra manera de hacer.

En esta conversación, hablamos de transiciones —personales y colectivas—, de la esperanza en tiempos de crecimiento insostenible y de lo que significa mantenerse fiel a una visión sin caer en dogmas.

Slow Studio ha evolucionado mucho desde sus inicios, desde la vivienda unifamiliar hasta proyectos de gran escala. ¿Hubo un momento en que sentiste que todo tomaba forma?

Fue una transición planificada. Un día nos sentamos y dijimos: “Queremos cambiar de escala”. Trabajar con familias es muy bonito y emotivo —y aún lo hacemos—, pero como empresa resulta agotador. Una familia que construye su casa dedica toda su energía durante dos años, y cuando tienes estructura y equipo, implicarte al mismo nivel empieza a ser inviable y poco rentable. No era solo una decisión económica, sino también un reto profesional y una cuestión de coherencia. Estamos defendiendo una sostenibilidad radical, pero a la vez construyendo viviendas unifamiliares, que tienen un impacto brutal. No era consistente con nuestro discurso. Aun así, seguimos viendo este modelo como un laboratorio, un espacio de experimentación.

¿Cómo ha cambiado tu manera de entender la arquitectura a lo largo del tiempo? ¿Siempre supiste que querías diseñar espacios para el bienestar de las personas?

Tanto Víctor como yo somos personas muy empáticas. Slow es nuestra forma de vida. Ya nos conocimos compartiendo esa conciencia: el contacto con la naturaleza, con las personas. Con el tiempo, eso se ha intensificado —o simplemente le hemos puesto nombre. En 2006 hice un Erasmus en Finlandia, y allí ya se hablaba de cambio climático aplicado a la arquitectura, algo que en Barcelona apenas se mencionaba. Me di cuenta de que no tenía ningún sentido hacer arquitectura si no era en esa dirección. Empezamos a formarnos y entendimos que la sostenibilidad no era solo energía, sino también materiales, recursos, decrecimiento. Después del máster en Bioconstrucción que hicimos en 2015 en los Pirineos aragoneses, vimos claro que la sostenibilidad no es una inquietud: es una necesidad. Por eso creamos Slow Research, para amplificar ese mensaje. Y también el activismo: damos charlas, ofrecemos formación, participamos en grupos de acción climática… Es una parte esencial del proyecto.

¿Dirías que vuestro discurso es “radical”?

He dicho “radical”, pero no en el sentido de ir a contracorriente. Diría más bien que es radicalmente consciente.

En tu día a día, tomas muchas decisiones que impactarán en la vida de quienes habiten vuestros proyectos. ¿Cómo se convive con esa responsabilidad?

Desde el estudio piensas: “Haré todo lo que esté en mis manos según las necesidades del cliente”. Tenemos solvencia y experiencia, sabemos que podemos llevarlo a cabo. Evidentemente, hay negociaciones y tenemos que ceder en algunas cosas, pero en general obtenemos buenos resultados y mantenemos una relación muy buena con las familias. Ahora bien, últimamente he colaborado en concursos públicos como experta en sostenibilidad, y… ¡ostras! Cuando ves ciertas propuestas u opiniones, piensas: “¡Esto no se puede hacer! ¡Es inaceptable! ¿Cómo pueden seguir vigentes ideas tan arcaicas en arquitectura?”. Y es entonces cuando siento que tengo que gritarlo bien fuerte. Me genera mucha frustración

“Empezamos a formarnos y entendimos que la sostenibilidad no era solo energía, sino también materiales, recursos, decrecimiento”
Jade Serra-Le Petit Ballon

¿Qué es “inaceptable” en arquitectura, hoy en día?

 No nos gusta criticar a otros estudios. Preferimos centrarnos en hacer divulgación y en difundir una idea muy clara: el bioclimatismo es el único camino posible, y debemos recorrerlo juntos.

Apostar por una arquitectura pausada y sin concesiones es ir a contracorriente —aunque cada vez menos. ¿Cómo se gestiona el equilibrio entre mantener la esencia y adaptarse al contexto del sector?

Que cada vez sea más habitual es fantástico, porque significa que la industria evoluciona, los costes bajan y todo resulta más viable. Nosotros estamos en el siguiente nivel: construyendo edificios plurifamiliares de la mano de un promotor con quien compartimos una gran conciencia ecológica y social. Estamos articulando una operación de autopromoción comunitaria: se compra un terreno, treinta familias construyen allí su vivienda y lo hacen a precio de coste. Eso supone un ahorro del 30% y una respuesta real a la crisis de la vivienda. También estamos trabajando con prefabricación a gran escala, para que todo el edificio sea de madera, y al mismo tiempo promoviendo la concienciación de los compradores: hacerles entender que pueden vivir en una vivienda sin climatización, con más confort y menos consumo.

La revolución arquitectónica será verde o no será. ¿Estamos avanzando o es un horizonte utópico?

Se avanza, pero demasiado lentamente —como en todos los ámbitos del activismo climático. En una conversación con uno de los autores de la nueva Directiva de Eficiencia Energética de la Unión Europea, me decía: “He aprendido que es difícil girar el timón cuando vas en un transatlántico”. Y ahora empiezo a entenderlo. Se trata de llegar tan lejos como puedas con tu lancha, y asumir que, de vez en cuando, habrá pequeñas victorias… y grandes retos.

¿Es desalentador?

No tanto desalentador, como un baño de realidad. Seguiré luchando, hasta el último momento.

Habéis trabajado con Atipus en momentos clave de Slow Studio. ¿Qué ha sido lo más interesante de trasladar vuestra visión al diseño gráfico?

Con ellos todo ha fluido desde el principio. Nos preguntábamos: “¿Cómo puede ser todo tan fácil? ¿Cómo nos entienden tan bien?”. Aunque son un estudio de diseño que no tiene nada que ver con nosotros, conectan muchísimo con lo que somos y lo traducen de forma limpia, clara, precisa. Su acompañamiento ha sido clave para mantener una relación sólida con nuestros clientes, incluso una vez finalizado su proyecto de vivienda. Desde el primer momento, su primera propuesta ya captó perfectamente lo que buscábamos.

Compartes proyecto profesional y de vida con Víctor. ¿Alguna vez se acaban las conversaciones sobre arquitectura en casa?

Cada uno gestiona un área del estudio: él lleva el día a día de los proyectos y la parte técnica; yo me encargo de la comunicación, la captación de clientes… También influyen la crianza y la conciliación, que han marcado mucho los ritmos y el reparto de tareas. Para nosotros, el trabajo es una extensión de nuestra vida. Lo sentimos como algo muy nuestro. No es tanto que hablemos de trabajo como tal en casa o en el coche, sino de proyectos que nos ilusionan e ideas de negocio que nos encantaría poner en marcha.

Más allá de lo funcional y estético, ¿qué hace que un espacio sea inolvidable?

Hay una parte de bienestar físico y sensorial de la que no somos del todo conscientes, porque todavía hay muchos aspectos de nuestras emociones y percepciones que se están estudiando. Es esa sensación que tienes al entrar en un lugar y notar que todo está en equilibrio: la temperatura es agradable, el aire no está cargado, hay armonía visual, ves verde, estás conectado con la naturaleza… Es eso que te hace pensar: “Ay, qué bien, quiero quedarme aquí un rato, por fin he llegado”. Es difícil de medir, pero tenemos muchas herramientas para conseguirlo.

¿Qué te hizo pensar que encajaban con la visión de Le Petit Ballon?

Nosotros queríamos desafiar el mercado francés, que es miedoso, y Atipus tenía una visión arriesgada desde Barcelona. Trabajar con ellos es como un rodeo: hay que agarrarse fuerte. Siempre van un paso por delante. El reto fue canalizar esa fuerza creativa en algo que pudiera funcionar en Francia con el toque justo de locura.

Si pudieras lanzar cualquier producto sin restricciones, ¿qué harías con Le Petit Ballon?

Me gustaría que elegir un vino tome el menor tiempo posible y que el placer de disfrutarlo sea máximo. Mi trabajo no es hacer vino, eso lo hace el viticultor; yo creo la experiencia: quiero facilitar la elección para que la gente pueda concentrarse en disfrutar del momento.

Snap:

Un lugar al que volver siempre:

Menorca

Quién protagonizaría tu biopic:

Emma Watson, también activista climática

Tu miedo más irracional:

Los espacios pequeños y cerrados

Un título para esta entrevista:

“La sostenibilidad no es únicamente medioambiental”

Disseny Market Barcelona,

FAD (Foment de les Arts i del Disseny)
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6th March 2025
A dialogue with Olivier Kraff (Le Petit Ballon)
by Ivan Olmos

Olivier Kraff:

Del descorche al último sorbo: 
diseñar el placer de beber

La relación entre Olivier Kraff y el vino es casi accidental. Creció en Alsacia, entre viñedos y fiestas donde el vino corría sin medida, pero nunca fue su obsesión. Sí lo es, en cambio, diseñar la experiencia que empieza incluso antes del primer sorbo. Desde que aterrizó en Le Petit Ballon hace casi una década, una suscripción que acerca el universo vinícola a nuevos públicos, su cometido ha sido transformar la elección de un vino en un gesto natural, sin fricciones, para que lo único que importe sea el placer de descorchar, compartir y disfrutar.

En esta conversación, hablamos sobre cómo desafiar un mercado tradicional como el francés, su conexión con Barcelona y la adrenalina de trabajar con Atipus.

Para quienes aún no conocen Le Petit Ballon, ¿cómo lo definirías en pocas palabras?

Queremos democratizar el vino, abrir una puerta a quienes, alrededor de los treinta, empiezan a interesarse por este mundo. En España, y aún más en Francia, es común descorchar una botella en una cena con amigos y que surja la eterna pregunta: “¿Cuál abrimos?”.

Más allá de seleccionar vino, queremos contar la historia de quienes lo hacen. Es un producto con una carga emocional enorme: incluso la etiqueta influye en la percepción. Desde el primer sorbo. Conocer al viticultor que hay detrás puede cambiar la experiencia por completo. Esa es la magia del vino. 

Le Petit Ballon desafía las normas del vino en Francia. ¿Qué es lo que más te atrajo de este proyecto cuando te uniste hace una década?

Yo no soy de vino. De hecho, el día en que me guste, probablemente perderé el interés en Le Petit Ballon. Lo que me motiva es ayudar a la gente a descubrir qué les gusta, a saber pedir en un restaurante o elegir en un supermercado; usando palabras simples. Me atrajo la posibilidad de desafiar un mercado que se resiste al cambio. Desde mi experiencia en publicidad, siempre he tenido claro que la clave es diferenciarse. Le Petit Ballon ya lleva 12 o 13 años en esto, y la innovación no es opcional.

¡No eres de vino!

Vengo de Alsacia, así que el vino ha estado presente en mi vida desde siempre. Crecí rodeado de fiestas del vino, con sus excesos incluidos, pero antes de llegar aquí no era algo que realmente me interesara. No soy de los que han construido toda su trayectoria alrededor de este mundo. En Le Petit Ballon ya hay muchas personas que saben de vino. Lo que me motiva es mirar hacia otras industrias y preguntarme cómo podemos aplicar esas ideas en este sector.

Tu perfil combina estrategia, diseño y narrativa de marca. ¿Siempre tuviste claro que querías moverte en este cruce de disciplinas?

Empecé como diseñador freelance. Aceptaba cualquier oferta para sobrevivir. Poco a poco, me fui adentrando en el marketing digital y en el branding y terminé descubriendo que lo que realmente me apasiona es construir experiencias de marca.

“Yo no soy de vino. De hecho, el día en que me guste, probablemente perderé el interés en Le Petit Ballon.”
Olivier Kraff-Le Petit Ballon

Vino y diseño: dos mundos con mucho de tradición y de ruptura. ¿Cómo vives esa dualidad entre Francia y España?

España está diez años por delante de Francia. El mercado francés está muy ligado al territorio, a los “castillitos”, a reivindicar el origen, la tradición, la historia, porque eso genera confianza. El reto está en encontrar etiquetas atractivas, aunque lo importante es el contenido. Nuestro trabajo es recordar: “No juzgues un libro por su portada”. En el español, en cambio, hay más innovación, más libertad creativa; se comunica el vino de manera inmediata y emocional.

Tu trabajo implica conectar con los suscriptores de Le Petit Ballon. ¿Qué te atrae de esta relación con el consumidor?

Me encanta porque permite construir una relación real con los consumidores. Es como abrirles una ventana a algo nuevo en su día a día. No somos el Netflix del vino, pero me gusta pensar que, tras un día duro de trabajo, alguien llega a casa y descorcha una de nuestras botellas.

¿Qué has aprendido sobre la gente a través del vino?

No hay un vino que guste a todo el mundo, y hasta los sommeliers con los que trabajamos lo dicen. Lo más interesante de su trabajo, creo, es encontrar vinos para un perfil de persona, no para un gusto personal. Al final, ellos también trabajan con un brief, como nosotros: por ejemplo, “buscamos un vino para una barbacoa con gente de 20 a 40 años”, y su labor es encontrar la mejor opción para ese uso, no la que ellos elegirían.

¿Dirías que puedes descifrar a una persona a través del vino que toma?

Intentamos que así sea. Llevamos un par de años trabajando en un proyecto que, con ayuda de la tecnología, nos permite crear perfiles para recomendar el vino perfecto. La parte más aburrida del vino, sobre todo online, es encontrar el tuyo. Cuando compras zapatillas, puedes filtrar por colores o modelos, pero con el vino es diferente: te enfrentas a cientos de botellas sin saber por dónde empezar. Nuestro objetivo es simplificar esa elección, entender con pocas preguntas qué te gusta y qué no. Lo fascinante es que los gustos cambian con el tiempo, incluso a nivel biológico: las moléculas de tu saliva evolucionan, así que lo que no te gusta hoy podría encantarte en veinte años.

¿Qué te trajo a Barcelona?

Después de cuatro años en China y de viajar por todo el mundo, mi mujer y yo queríamos establecernos en Barcelona. Tenía mi propia empresa, pero sentía que me faltaba algo. Vi la oferta y me pareció un concepto genial. Lo más curioso es que el pueblo donde nací está a pocos kilómetros de la montaña Petit Ballon. Supongo que era cosa del destino.

“Lo fascinante es que los gustos cambian con el tiempo, incluso a nivel biológico: las moléculas de tu saliva evolucionan, así que lo que no te gusta hoy podría encantarte en veinte años”
Olivier Kraff-Le Petit Ballon

¿Cómo influye la ciudad condal en tu manera de ver el diseño, el consumo y la creatividad?

Barcelona tiene una cultura del diseño brutal. Hay muy buenos diseñadores, desde el diseño gráfico hasta el interiorismo y la arquitectura. Hace años que me lo pregunto: ¿por qué?, ¿de dónde viene? Aún no tengo la respuesta.

¿Cómo llegaste a Atipus?

En un momento, Le Petit Ballon se planteó hacer su propio vino. Intentamos desarrollarlo internamente: el resultado era bueno, pero no excepcional. Buscábamos una agencia con experiencia en el mundo del vino, y así di con Atipus. Más allá del trabajo, valoro mucho la relación humana que hemos construido. Después de casi diez años, eso es lo que realmente queda.

¿Qué te hizo pensar que encajaban con la visión de Le Petit Ballon?

Nosotros queríamos desafiar el mercado francés, que es miedoso, y Atipus tenía una visión arriesgada desde Barcelona. Trabajar con ellos es como un rodeo: hay que agarrarse fuerte. Siempre van un paso por delante. El reto fue canalizar esa fuerza creativa en algo que pudiera funcionar en Francia con el toque justo de locura.

Si pudieras lanzar cualquier producto sin restricciones, ¿qué harías con Le Petit Ballon?

Me gustaría que elegir un vino tome el menor tiempo posible y que el placer de disfrutarlo sea máximo. Mi trabajo no es hacer vino, eso lo hace el viticultor; yo creo la experiencia: quiero facilitar la elección para que la gente pueda concentrarse en disfrutar del momento.

Snap with Olivier:

Qué no falta en tu nevera: 

Maggi, el oro de Alsacia

Tu palabra favorita en catalán:

“Prou!”

Tu talento oculto:

Hago rap con IA (Odio cantar)

Un título para esta entrevista:

“Haz tu trabajo, Ivan”

Vinificateurs,

Le Petit Ballon
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30th January 2025
A dialogue with Anaïs Manobens (Maria Rigol Ordi)
by Ivan Olmos

Anaïs Manobens:

Un canto al territorio y a la familia a través del cava 

Anaïs Manobens encarna la continuidad de una herencia familiar que, a través de cuatro generaciones, ha sabido transformar la pasión por el vino en un homenaje al territorio. Al frente de la bodega Maria Rigol Ordi, refundada en los años ochenta por su abuela con la ambición –o la nostalgia– de recuperar una tradición vitivinícola casi perdida, Manobens combina la sabiduría del pasado con una apuesta valiente por el futuro. 

En esta entrevista, descubrimos cómo este proyecto familiar nacido en Sant Sadurní d’Anoia se ha hecho un hueco en un mercado altamente competitivo, gracias a la calidad de sus cavas, la fidelidad a las variedades autóctonas y un lenguaje visual único, siempre movidos por el deseo de desestacionalizar el cava para reivindicarlo como un vino gastronómico de gran versatilidad. 

Remontémonos a los inicios. Tu abuela, Maria Rigol Ordi, emprendió en los ochenta la aventura que todavía hoy conserva su nombre. ¿Qué la impulsó? 

Ella quería retomar allí donde se había perdido la tradición iniciada por su abuelo a finales del siglo XIX, movida también por la herencia de su madre, quien tuvo que ponerse al frente de la bodega, una de las más antigua del pueblo, tras la muerte de mi bisabuelo. Fue muy valiente: se quedó con cuatro hijos a su cargo y una bodega con unos cincuenta trabajadores, liderando un negocio en un mundo muy masculinizado. 

En la década de los setenta, los hermanos de mi abuela estaban al frente de la bodega familiar, pero sufrieron una fuerte crisis debido a la mecanización del sector y a las dimensiones reducidas del negocio. Finalmente, la bodega se disolvió. 

Años más tarde, y con la vida profesional ya montada, mi abuela enredó a mi abuelo y a mi padre para recomenzar el proyecto con modestia, haciendo únicamente cuatro botellas en la bodega natural de su casa, pensando en el cava que ellos querían beber y en mantener la herencia y la tradición familiar. Allí, donde estamos ahora, tenían las condiciones óptimas para hacer crianza. 

¿Cuándo decidisteis dar el gran salto? ¿Qué os llevó a profesionalizar el proyecto familiar? 

Eso fue hacia 2012 o 2013. Desde 1987, fueron creciendo entre círculos de amigos, familiares y conocidos; es decir, gente que venía a llamar a la puerta. Hasta que llegaron a hacer unas 30.000 botellas; yo me sumé entonces. Venía de otro sector, el de la traducción y la interpretación, mucho más solitario, y empecé a trabajar desde el despacho familiar, como si fuera un coworking. De manera natural, fui entrando en el proyecto. A medida que mis abuelos se hacían mayores, comencé a ver lo que era una afición con una mirada más madura. Me di cuenta que era un mundo muy bonito, y también empaticé con el sentimiento de nostalgia que había motivado a mi abuela. 

En ese momento, el consumo de vinos y cavas también estaba cambiando. Los clientes ya no consumían un único producto de forma fiel, sino que querían probar cosas diferentes. Por lo tanto, o salíamos y empezábamos a llamar a puertas para situarnos en el mercado o dejábamos de existir. Así fue como decidimos enfocarnos en el mercado especializado: tiendas gourmet, restauración de nivel medio-alto y otros canales en que una bodega pequeña como la nuestra puede destacar. 

¿Ha sido un camino fácil? 

Para nada. Hace treinta o cuarenta años, algunas bodegas iniciaron proyectos similares cuando el mercado no estaba tan atomizado y no había una oferta tan amplia. Especialmente en el cava, que es muy marquista y de “sota, caballo, rey”, lograron cubrir un nicho: el mercado absorbía una demanda de consumidores que buscaban salir de lo clásico y probar proyectos más frescos. Hoy en día, el panorama es otro y diferenciarse es complicado. Además, han habido muchas adversidades en los últimos diez años. Hemos pasado por un COVID y, antes de eso, salíamos de una crisis económica. No hemos vivido nunca una época de vacas gordas, pero estamos contentos. El proyecto ha ido dando sus frutos. Quizá internamente percibimos que la rueda no gira tan deprisa como querríamos, pero el feedback es muy positivo. 

¿Siempre ha sido primordial para Maria Rigol Ordi ser una bodega pequeña? 

En el mundo del cava, las decisiones que tomas hoy tienen resultados visibles años más tarde. Por ejemplo, en un gran reserva, el retorno puede ser en siete u ocho años. Este funcionamiento anacrónico contrasta con la inmediatez del mundo actual, como el de Amazon, en que todo se entrega en horas. Nosotros trabajamos con una filosofía de crecimiento orgánico y lento, equilibrando las grandes inversiones que hacemos con la producción y lo que vendemos. No aspiramos a hacer millones de botellas, pero el decalaje temporal de las crianzas largas es un reto. 

“A medida que mis abuelos se hacían mayores, comencé a ver lo que era una afición con una mirada más madura. Me di cuenta que era un mundo muy bonito, y también empaticé con el sentimiento de nostalgia que había motivado a mi abuela. ”
Anaïs Manobens

Sois el espejo del territorio. 

Trabajamos con variedades autóctonas del cava, como el xarel·lo, el macabeu y la parellada, que forman la base de nuestros cavas. Priorizamos el proceso tradicional, con la segunda fermentación y la crianza en la botella, que aportan personalidad y carácter a nuestros productos. También nos define el trabajo en brut nature, sin añadir licores de expedición. Esto permite que el carácter puro del vino, junto con una buena materia prima y un proceso muy cuidado, hable por sí solo. Creemos que no hace falta maquillar un producto que ya ha pasado por tantos años de paciencia y transformación. 

¿Cuál es vuestra propuesta en un entorno tan competitivo como el vitivinícola? 

Nos concentramos en lograr una vinosidad que surge del tiempo y de la crianza; es decir, transformamos un vino tranquilo en un vino espumoso con carácter, capaz de mostrar la complejidad y la personalidad propias de un gran cava. Este punto ligeramente amargo del brut nature es sutil y no invasor, pero ayuda a salivar, limpia el paladar y prepara para el siguiente bocado. Esto, combinado con la finura de la crianza, convierte nuestros cavas en vinos extremadamente gastronómicos, ideales para acompañar todo tipo de comidas. 

¿Hemos entendido mal el vino espumoso? 

En un menú degustación, por ejemplo, los espumosos son perfectos porque permiten hacer transiciones entre sabores y texturas muy diferentes, manteniendo el equilibrio del paladar. Pero no solo en ocasiones especiales; también en casa, los cavas son increíblemente versátiles. Puedes empezar con una copa mientras cocinas, continuar con el aperitivo, acompañar durante toda la comida e incluso disfrutarlo en la sobremesa. A pesar de esta versatilidad, todavía hay que hacer mucha pedagogía. Muchos consumidores ven el cava como una bebida para el brindis final, a menudo cuando ya han comido en exceso y no pueden apreciarlo. Eso es un gran error. Es importante educar al mercado sobre los momentos óptimos de consumo del cava y posicionarlo como un vino gastronómico de calidad. 

¿Cómo es tu día a día al frente de la empresa? 

Mi día a día implica gestionar múltiples tareas, desde trabajos manuales como preparar palés o cargar con el toro hasta decisiones más estratégicas. A menudo apago fuegos y ejecuto acciones urgentes, lo que me deja menos tiempo para planificar con calma y pensar a largo plazo. Una de mis prioridades es fomentar que pasen cosas, impulsar ideas y asegurarme de que el equipo pequeño con que trabajamos esté bien coordinado. Al mismo tiempo, dedico mucho esfuerzo a desestacionalizar el consumo del cava. 

¿Hacia dónde camina (o querrías que andara) Maria Rigol Ordi a medio-largo plazo? 

A largo plazo, nuestro reto es establecer colaboraciones sólidas tanto con distribuidores nacionales como con importadores internacionales para crecer de un modo sostenible. Esto es especialmente importante teniendo en cuenta el gran decalaje temporal de nuestro sector, en que las decisiones tomadas hoy darán resultados en muchos años. Mi objetivo final es lograr un equilibrio que nos permita consolidarnos y crecer orgánicamente, a pesar de las tensiones y las dificultades que suponen las grandes inversiones que hemos hecho. 

“No hace falta maquillar un producto que ya ha pasado por tantos años de paciencia y transformación. ”
Anaïs Manobens

La apuesta por la calidad y el diseño de Maria Rigol Ordi pasa, también, por el packaging. Recientemente, y de la mano de Atipus, habéis rediseñado la imagen del gran reserva. ¿Cuál era vuestro principio rector? 

Aunque queremos que el protagonista sea el contenido, el continente es muy importante para nosotros; y muy especialmente en un producto como el cava, que a menudo se utiliza en ocasiones especiales, como un regalo o un momento destacado. No solo se trata de si la etiqueta es o no bonita, sino que debe ser atractiva y coherente con los valores del producto. Esto es esencial para transmitir una imagen que genere confianza desde el primer momento. 

Cuando empezamos a trabajar con Atipus, sabíamos que no solo necesitábamos un rediseño de producto, sino que era crucial crear una identidad de cero. Partimos del escudo de la familia, un elemento tradicional que se reinterpretó para adaptarlo a un estilo más moderno. El objetivo era combinar tradición y contemporaneidad, rompiendo con los códigos clásicos del cava, que no han evolucionado a tanta velocidad como en el sector del vino. 

¿Qué guió el proceso creativo, y cómo valoráis el resultado de esta colaboración? 

Un ejemplo de esta ruptura es la botella del Reserva, revestida de un color azul muy atrevido. Recuerdo, al principio, que nos pareció una propuesta arriesgada, pero Atipus nos hizo confiar en su visión. Entendieron que, como una bodega pequeña, debíamos destacar en una estantría llena de marcas muy conocidas. Lo consiguieron: el diseño no solo ha captado la atención, sino que también es reconocible y funcional para nuestros clientes. 

A lo largo del proceso creativo, dimos mucha libertad a Atipus y confiamos plenamente en su trabajo. Decisiones como la del azul del Reserva o las etiquetas en diagonal han cumplido su función de diferenciarnos y hacernos memorables. Ahora, diez años más tarde, podemos afirmar que estas decisiones fueron acertadas y que el diseño ha jugado un papel clave en nuestra identidad posicionamiento. 

Si tuvieras que definir Maria Rigol Ordi en una palabra, o en tres… 

Paciencia, tradición y territorio. 

Snap with Anaïs

Un momento del día: 

La mañana, cuando todo está por hacer 

Un olor de tu infancia: 

Los tomates 

Un personaje histórico con quien harías una copa: 

Mi bisabuela 

Un título para la entrevista: 

“La imagen, el primer impacto del producto” 

Microtiratges 8,

Maria Rigol Ordi
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26th November 2024
A dialogue with Gemma Casas (TNC)
by Ivan Olmos

Gemma Casas:

25 años explicando el Teatre Nacional de Catalunya

Gemma Casas ha recorrido los pasillos del Teatre Nacional de Catalunya desde prácticamente sus inicios. Tras un cuarto de siglo de trayectoria vinculada a este templo de las artes escénicas, primero como jefa de prensa y desde hace años como directora de comunicación, ha sido testigo –y también protagonista– de la evolución de una institución que no solo ha escrito la historia de la dramaturgia catalana, sino que también ha redefinido, con el tiempo, la manera de comunicarla y acercarla al espectador.

En esta entrevista, y coincidiendo con la segunda campaña gráfica de Atipus para la temporada 2024-2025, hablamos de los retos de adaptar la comunicación teatral al nuevo paradigma, de la importancia de visibilizar las historias de los márgenes y de cómo el TNC se proyecta hacia el futuro con una mirada contemporánea e inclusiva.

¿Cómo ha cambiado la manera de explicar el teatro al público durante estos 25 años?

Todo cambia de una forma tan impresionante: las personas, la cultura, las instituciones, los profesionales que trabajamos en ellas... También el TNC. Nacimos con la voluntad de ser la institución pública de referencia en el tejido teatral catalán. Había una voluntad de gobierno de fomentar la lengua catalana en las artes escénicas y de recuperar y poner en valor todo el patrimonio dramatúrgico catalán. Seguramente este papel tenía más importancia al principio, pero con el tiempo nos hemos convertido en el teatro de todos. El patrimonio del teatro catalán es fantástico, pero es necesario presentarlo con una visión contemporánea –entendiendo «contemporánea» como «de hoy en día»– para conectar con la sociedad. Así lo resume el lema que cuelga de la fachada del teatro: “El TNC, una puerta al mundo”. Una puerta que, como dice Carme Portaceli [actual directora artística], es «de entrada y de salida».

¿Cómo ha evolucionado la comunicación del teatro?

No sé si lo que te voy a responder es específico del TNC o de todo el sector comunicativo, porque ha cambiado abismalmente. Antes hacías un anuncio de televisión, publicidad en diarios… y poco más. Cuando empecé, justo estábamos trabajando en la página web del teatro. ¡No existían los móviles! Las vías para llegar al público han cambiado totalmente. El público ahora está fragmentado –como todos nosotros. Antes, tocando un par de teclas llegabas al público general. Ahora tenemos que saber quién es cada público y adaptarnos a él.

Los hábitos del público han cambiado radicalmente. ¿Cómo se ha adaptado el TNC?

Hacemos un trabajo muy riguroso de estudio del público. Sabemos quién viene al teatro, cómo son y cómo se comportan: si compra una entrada, si es público fiel, si es nuevo, si ha venido diez veces en los últimos cinco años… A veces impresiona tener esta información, pero como ciudadanos dejamos rastro de todo lo que hacemos en la red. También contamos con datos sociodemográficos. Sabemos que una parte importantísima del público es del barrio del Fort Pienc y que entre un 60 y un 65% de las compras de entradas las realizan mujeres. La edad media antes era de 60 años, ahora es de 45-49. Esta información es clave para la comunicación del teatro. Hoy en día, para llegar al público, es necesario tocar mil teclas y personalizar la comunicación de cada espectáculo. La publicidad programática y las herramientas digitales nos permiten hacerlo.

¿Qué papel tiene el espectador en la misión del TNC y por qué es clave situarlo en el centro?

Nuestra singularidad es esta: somos el teatro público de referencia en Cataluña. Existe un documento, que a pesar de ser técnico tiene mucho espíritu, que dice literalmente: «El TNC es una institución cultural creada para contribuir al crecimiento cultural del país a través de las artes escénicas». ¿Por qué hacemos las cosas? Para llegar a las personas. Con toda la humildad del mundo. Por supuesto que debemos tener a las personas como eje de todo. A todas las personas.

“El TNC es una institución cultural creada para contribuir al crecimiento cultural del país a través de las artes escénicas”
Gemma Casas TNC

La temporada 2024-2025 refleja el compromiso del teatro con las historias que suceden en los márgenes. ¿De dónde nace esta voluntad de visibilizar esas realidades?

De esta voluntad de contemporaneidad, de estar atentos a lo que nos rodea. Según cómo, puede parecer una contradicción, porque como institución cultural pública no estamos en los márgenes. El hilo conductor de la nueva temporada surge de la dirección artística de Carme Portaceli, quien quiso abordarlo porque, como dice ella, “solo desde los márgenes podemos transformar y avanzar”. De ahí que se haya hecho una selección de espectáculos que, de manera más directa o tangencial, hablen de otras formas de ver y entender el mundo. No se trata tanto del elemento marginal como de formas de hacer cultura que aporten diversidad y aborden el debate actual.

Hablemos de la nueva campaña de Atipus. ¿Cómo se ha traducido gráficamente el espíritu de llevar los márgenes al escenario?

Es un concepto muy abstracto de comunicar, especialmente en el diseño. Hay un elemento de continuidad en la comunicación del TNC: siempre aparecen personas, sean o no rostros conocidos. Los márgenes los vinculamos en un vídeo con un amanecer, que simboliza los nuevos comienzos. Pero más allá de eso, velamos por hacer marca TNC: no somos un teatro que hace espectáculos, somos la institución pública catalana dedicada al teatro. De ahí la continuidad y coherencia gráfica, y también en el relato. Procuramos no ser demasiado evidentes; hay que confiar mucho en el producto, que es una creación cultural. La tarea del equipo de comunicación es acompañar de forma respetuosa, sin ser demasiado directos ni discursivos, porque eso no tendría credibilidad.

¿Qué caminos dibuja el futuro del TNC? ¿Y cómo fortalecer la conexión con el público?

Es una gran pregunta y no tengo la respuesta definitiva. Veo muy acertada la integración de mundos diversos y de los márgenes. Solo desde la escucha activa se puede hacer teatro y cultura y contribuir así de alguna manera. Tendremos que seguir siendo tremendamente receptivos, abiertos y atentos a la diversidad, a los cambios de la sociedad y a los temas que nos preocupan a todos. Esto solo se puede hacer haciendo teatro, por supuesto, pero también acompañando al público para que lo disfruten y redondeando ese hecho teatral: que te abra algo por dentro, una nueva conexión, que te lleve a otro teatro o a descubrir a un actor que te encanta... Creo que el debate entre alta y baja cultura ya está superado. Entre todos, podemos construir un mundo mejor, escuchándonos unos a otros. Y el teatro es uno de los mejores lugares para hacerlo.

TNC 23/24,

Teatre Nacional de Catalunya
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17th October 2024
A dialogue with Manuel (Casa Llimona)
by Ivan Olmos

Manuel:

¿Qué ha cambiado en Roger de Llúria 42? Casa Llimona, Laus Plata 2024.

El edificio donde se encuentra Casa Llimona, un pequeño hotel del que hemos creado la identidad, guarda mucha historia. En una conversación con Manuel uno de sus residentes más antiguos nos cuenta sobre su vida en el edificio, la evolución del barrio y la huella artística que dejaron sus habitantes.

Con 88 años viviendo allí, es el mejor testigo de la transformación del lugar.

Vamos a comenzar hablando un poco del hotel y su conexión con la historia del barrio. ¿Cómo ha visto que han cambiado tanto el edificio como la zona con el paso de los años?

Ha cambiado la vida, es muy diferente. Mira, de aquí, de la portería, salió una de las primeras excursiones que hizo el centro excursionista catalán. Antes esto era más familiar. Y antes el barrio era diferente: había panaderías, lecherías, ¡hasta vacas en las lecherías! Ibas a buscar tu leche ahí.

¡Qué interesante! Y más allá de la vida diaria en el edificio, ¿había algún evento o tradición especial que recuerde de esos tiempos?

Recuerdo que por Reyes, oías a los caballos en los adoquines, y pensabas que ya llegaban con los juguetes. Oías el ruido de las patas y te hacía ilusión. En mi casa dejábamos los calcetines colgados en la chimenea y al día siguiente estaban llenos de caramelos y juguetes.

Ahora que mencionamos la vida en el edificio, me gustaría hablar de algunos de los personajes que vivieron aquí. Sabemos que los artistas modernistas Joan y Josep Llimona estuvieron en este edificio. ¿Qué puede contarnos de ellos?

Sí, sí, aquí vivieron los hermanos Llimona. Uno era escultor y el otro pintor. Tenían su estudio en la planta de arriba. El escultor, imagino que tenía que subir las piedras por el ascensor. Mi padre, que era arquitecto, conocía la casa bien. En casa teníamos doble altura en el techo para que entrara más luz, porque ahí trabajaba el pintor.

¿Y su familia tenía alguna relación con ellos o con otros vecinos del edificio?

Mis padres quizá sí. Porque hicieron obras en el edificio. Ellos vivían en la planta de arriba y abajo tenían el estudio. Mi madre también pintaba, aunque más como aficionada. Hacía cuadros pequeños, a veces de santos o paisajes, y la verdad es que le salía de maravilla.

Ahora que mencionamos a su padre, ¿cómo influyó el hecho de que fuera arquitecto en su vida en este edificio?

Mi padre era arquitecto, sí, y él se encargó de las obras en nuestra casa. Teníamos una zona con techo doble, que permitía que entrara más luz por los lados. Para él, la localización del edificio era perfecta. Estaba contento con la ubicación, aunque nunca le pregunté qué pensaba del edificio en general.

“En casa teníamos doble altura en el techo para que entrara más luz, porque ahí trabajaba el pintor.”

Y a lo largo de los años, ¿cómo ha sido para usted vivir aquí? ¿Qué cambios ha notado en la estructura del edificio?

Bueno, cuando el banco compró el edificio, subieron una planta y cerraron los patios con cristalera, lo cual fue una mejora.

Me imagino. ¿Cómo fue esa época cuando el edificio comenzó a transformarse?

Antes de eso, el edificio tenía otro ambiente. Era más familiar, y se respiraba una cercanía entre vecinos.

Cerramos esta conversación volviendo al principio: un lugar lleno de historia y vida compartida. Con nuestro trabajo junto a Casa Llimona hemos buscado rescatar esa esencia, honrando el pasado mientras imaginamos el futuro. 

Aunque no sabemos cuál será su legado, revisitar estas memorias nos ha permitido conectar con lo que fue, para seguir construyendo lo que vendrá.

Casa Llimona,

Casa Llimona
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